lunes, 1 de junio de 2026

BTO. FRANCISCO DE MORALES, dominico, mártir del Japón. (1567 - 1622)—1º de junio.

 


Cuando el sol de nuestro gran Siglo de Oro iluminaba al mundo con los destellos de su Literatura y el imperio de sus armas, nuestra sacrosanta Religión iba ganando terreno en los remotos países del Oriente infiel, merced a la siembra fecunda de los misioneros que España enviaba al mundo entero, para alumbrarlo con la fe y los reverberos de la Cruz. 

   Cierto día llegó a Manila un navío japonés que llevaba a bordo un crecido número de cristianos, cuya primera diligencia, al desembarcar, fué irse a la iglesia de los Padres Dominicos, establecidos en el país desde principios del siglo XVII. A unas preguntas de los Padres, los visitantes contestaron que venían del reino de Sat-Suma, abundante en cristianos, pero carente de sacerdotes. 

   Ello excitó el celo de los misioneros, quienes procedieron con la prudencia que el caso requería. El superior entregó una carta al capitán del navío para que la hiciera llegar a manos del rey. En ella ofrecía al monarca los servicios espirituales de su comunidad. 

   Al año siguiente recibió contestación del príncipe, la cual, traducida a su letra, del japonés, dice así: 

   «Tintionguen, rey de Sat-Suma escribe con cuidado, diligencia y respeto a los Padres de Santo Domingo del reino de Luzón. El año pasado, un navío mercante de mi reino fué al precioso reino de Luzón. Los pasajeros suplicaron a los Padres que viniesen con ellos a mi reino, cosa que entonces no hicieron. Ahora bien, tengo entendido que tratáis con mucha honra a cuantos van allí de mis Estados. Eso se ha contado a mis súbditos que están aquí, y de ello están contentísimos; os recibiré, pues, muy complacido. Venid cuanto antes sin miedo de que os suceda nada malo. Os suplico que no deis al olvido esta mi carta.
   Año sexto de Keycho, a 22 del noveno mes.» 

   Nuevo campo de apostolado preparaba la Providencia a los Padres Dominicos. No esperaron más; espontáneamente y de muy buen grado se ofrecieron algunos religiosos; el padre Francisco de Morales fué a la cabeza de esta pacífica expedición.


EN LA CORTE DEL REY DE SAT-SUMA


   Francisco de Morales, nacido en la capital de España, el año de 1567, ingresó, siendo jovencito, en el convento de los Dominicos de Valladolid. Pasados algunos años tuvo la oportunidad providencial de oír de labios del padre Miguel de Benavides, misionero de Filipinas y más tarde obispo de Nueva Segovia y arzobispo de Manila, el relato de los peligros que arrostraban los misioneros y de las conquistas y abundante fruto de la misión. 

   Estos relatos ganaron el corazón del padre Morales, quien se alistó como misionero y, en compañía de otros Padres dirigidos por el padre Benavides, se embarcó en Cádiz en 1598. 

   En Manila enseñó Teología con notable fruto. También se ocupó en el ministerio de la predicación. Los superiores, por la confianza que en él tenían, le nombraron prior del convento de Santo Domingo. El Capítulo provincial de 1602 le dio el cargo de definidor: entonces fué cuando la abandonada Iglesia del Japón volvió los ojos a los misioneros de Filipinas para pedir sacerdotes. 

   Llegó el padre Morales al islote de Kosigi, del reino de Sat-Suma, por el mes de junio, junto con los padres Tomás Fernández, Alfonso de Mena, Tomás del Espíritu Santo y el hermano Juan Abadía. Los isleños les dieron buena acogida y los alojaron en una pagoda; pensaban con eso honrarlos y darles gusto. El Señor permitió las cosas de manera que sus siervos convirtiesen aquel templo, hasta entonces consagrado a los ídolos, en santuario del Dios verdadero. Bendijeron aquel lugar, levantaron un altar en el que pusieron una imagen de Nuestra Señora y celebraron los divinos misterios. Primicias de su misión fueron algunos pasajeros japoneses, compañeros de viaje, a quienes enseñaron lo doctrina de Cristo y bautizaron en la pagoda convertida en capilla. 

   Aquellas gentes, por naturaleza muy curiosas, observaban de cerca a los recién llegados. Cuanto en ellos veían les causaba admiración: su vida ejemplarísima, el canto de Maitines a media noche, su austeridad y pobreza, el incansable celo con que enseñaban la doctrina al pueblo por medio de intérpretes. 

   Luego, algunos embajadores del rey de Sat-Suma, con grande acompañamientos de soldados y señores del reino, fueron a visitar a los misioneros para ofrecerles, en nombre del soberano, magníficas cabalgaduras, en las que podrían viajar cómodamente hasta la Corte. Los Padres agradecieron tan gran favor y miramiento, pero cortésmente rehusaron el obsequio y prefirieron ir a pie. Tras cuatro jornadas de viaje llegaron a la capital de la isla. En todas partes eran recibidos con grandes honores y agasajos; necesitaron varios días para visitar a los principales personajes de la ciudad y sus alrededores. Todos se mostraban con ellos muy corteses y cariñosos, admirados de sus modales sencillos y afables, sin que les sorprendiera lo más mínimo lo peregrino del hábito religioso.



LABOR DE LOS MISIONEROS EN LA ISLA



Solamente los bonzos o sacerdotes de los ídolos se declararon, desde el primer día, enemigos encarnizados de los misioneros, y juraron hacerlos expulsar antes de mucho tiempo. No es que de buenas a primeras solicitasen del rey tan radical determinación; pero con sus calumnias y malévolos informes, vinieron a entibiarse las primeras disposiciones del monarca, tan favorables a los misioneros, y así aplazó el darles licencia para edificar iglesias y predicar en sus Estados. 

   No por eso se desalentaron Francisco de Morales y sus compañeros, antes se recogieron en una humilde choza, y en ella vivieron como en su convento, observando puntualmente la Regla. Se sustentaban de un poco de arroz que les enviaba el rey. Movidos por el ejemplo de tan santa vida, los hospederos pidieron el Bautismo y fueron bautizados pasadas unas semanas de catecumenado. 

   Entretanto, los piadosos misioneros no cesaban de invocar a la Reina de los Ángeles, quebrantadora de la cabeza de la infernal serpiente y vencedora de todas las herejías. María oyó sus fervientes súplicas. Aquellos recién convertidos empezaron a su vez a evangelizar la isla y propagaron por doquier la santidad y virtudes de los nobles extranjeros que sólo pretendían salvar las almas. 

   De todas partes acudían las gentes para ver a aquellos hombres de quienes tantas y tan buenas cosas se contaban. También la reina y las damas de su Corte fueron a saludar a los misioneros; quisieron ver la imagen de Nuestra Señora del Rosario y escucharon muy complacidas la explicación de los artículos de nuestra santa fe. El rey, por su parte, volvió atrás de sus malos propósitos y no hizo ya ningún caso de las calumnias de los bonzos. Precisamente en ese tiempo, uno de sus cortesanos, gravísimamente herido, cobró la salud en cuanto le bautizaron. Por eso, a pesar de sus temores y vacilaciones, el príncipe dejó al fin a los misioneros predicar libremente en toda la isla de Kosigi y edificar en ella una capilla.

   ¡Cuántas estrecheces y privaciones debieron sufrir en aquel pobre país, viviendo largo tiempo sólo de la caridad de los pescadores!

   Finalmente, el rey de Sat-Suma, noticioso de los apuros y angustias de los Padres, les ofreció las rentas de una extensa y rica heredad; los religiosos, que preferían la pobreza de Cristo a la opulencia, se mostraron muy agradecidos, pero rehusaron la real donación. Este desinterés agradó sobremanera al rey pagano; pero quiso que a lo menos aceptasen la ayuda de doce hombres que, viviendo a cuenta de palacio, se encargarían de acompañarles a todos los lugares donde quisiesen predicar.

   En breve lograron tener una casita en Quiodemari, ciudad populosa de la isla; desde allí salían por los alrededores, a visitar a los cristianos que los llamaban de otras poblaciones. Se multiplicaban para servirlos; confesaban sin tregua, administraban la Comunión, instruían a los catecúmenos, fortalecían la fe de los neófitos y consolaban a los moribundos. La princesa Isabel, estando a punto de morir, mandó llamar a los padres Francisco de Morales, Alfonso de Mena y Tomás del Espíritu Santo, y en su presencia hizo prometer al joven príncipe Jaime, su hijo, que permanecería fiel a la religión cristiana. Jaime cumplió su promesa; incluso al sobrevenir la persecución, ya que prefirió perder sus bienes antes que ser traidor a la fe bautismal.







MALQUERENCIA DEL REY. — EMIGRACIÓN.



   Llevaba ya seis años el padre Morales limpiando de malezas el campo tan lleno de abrojos de Sat-Suma, cuando el demonio, por el odio que le tenía, interpuso graves obstáculos en la apostólica labor de los misioneros. El rey, abúlico e inconstante, se dejó al fin vencer de la influencia de los bonzos, quienes le repetían sin cesar que la protección que daba a los cristianos acabaría con el trono antes de mucho tiempo. 

   Este argumento impresionó vivamente al monarca, quien de allí en adelante anduvo buscando medio de apartarlos de su reino. Espiaba cautelosamente todas las acciones de los Padres para ver de sorprenderlos en alguna cosa reprensible, y tener así ocasión de llevar a efecto su designio de manera solapada y menos odiosa. Primero les dio a entender que los llamó sin licencia del emperador del Japón, el cual un día u otro le pediría cuenta de esta temeraria empresa, porque el edicto imperial no toleraba el público ejercicio de la religión cristiana sino en tres o cuatro ciudades. 

   Para dar al traste con su fútil pretexto, el padre Morales fué a ver al emperador, de quien recibió buena acogida, sin oír la menor queja ni protesta respecto a la obra de apostolado emprendida en el reino de Sat-Suma. Esto equivalía a una aprobación tácita. 

   El rey de Sat-Suma, en previsión de tal aprobación, antes de que regresara el padre Morales, prohibió a sus súbditos, con amenaza de confiscación y destierro, que en adelante se hiciesen cristianos, y a los antiguos seguidores de la religión de Cristo, que continuasen practicando el culto.

   Los Padres se dispersaron por la isla para preparar los neófitos a la persecución que se veía ya llegar. Iban de casa en casa alentando a los pusilánimes, adoctrinando a los ignorantes y exhortando a los fieles a permanecer firmes hasta el martirio. La malquerencia del príncipe se manifestó a las claras en otro edicto, por el cual condenaba a los misioneros a quedar encerrados en su casa, con prohibición de salir de ella y de que nadie les llevase alimento. El Señor proveyó al sustento de sus siervos por mediación de un pobre leproso que les facilitaba cada día comida suficiente.

   El bienaventurado padre Morales juzgó que el mal no tenía remedio; vio además que de nada le servía la licencia dada por el emperador de permanecer en aquel reino; por todo lo cual, interpretando al pie de la letra lo del Evangelio que dice: «Si en una ciudad os persiguen, pasad a otra», se trasladó a Nagasaki junto con sus compañeros y sus amados neófitos.

   Se efectuó la salida a fines de mayo del año 1609. Acompañaron al padre Morales casi todos los cristianos de la isla, los cuales, antes que quedarse sin sacerdotes, preferían dejar todos sus bienes y desterrarse voluntariamente, a pesar de ser el destierro más dolorosa pena que la misma muerte para el corazón de un japonés. También llevó consigo la iglesia que había edificado, pues estaba hecha de tablas y vigas fáciles de desmontar. Trasladó, asimismo, las preciosas reliquias del bienaventurado León, que fue el primer indígena que selló con su sangre la fe bautismal.

   Los cristianos de Nagasaki acogieron a sus hermanos perseguidos con caridad digna de verdaderos discípulos de Cristo, y los padres Franciscanos recibieron a los misioneros como a sus propios hermanos. Movidos de los ejemplos de virtud que admiraban en los religiosos, los habitantes de Nagasaki les cedieron muy gustosos unos terrenos, donde edificaron una iglesia con la advocación de Nuestra Señora del Rosario y de Santo Domingo.



OBLIGADO EMBARQUE



  El año de 1614, la persecución religiosa que hasta entonces se había declarado sólo en algunos lugares aislados y con intermitencias, vino a ser general. Por ser Nagasaki ciudad casi del todo cristiana y refugio de todos los desterrados, peligraba más que ninguna otra.

   Con todo, para no estorbar el comercio con los portugueses católicos, las autoridades dejaron vivir en paz a los misioneros. Con cinco o seis meses de anticipación tuvieron ya noticia de que a las buenas o a las malas, se obligaría a todos los sacerdotes católicos a salir del imperio, que serían destruidas todas sus iglesias y atormentados cruelmente los cristianos que no renunciasen a la fe. Sin embargo, los religiosos permanecieron en sus conventos, cumpliendo con fidelidad su apostólico ministerio.

   Estimulados por los misioneros, los cristianos de Nagasaki formaron una piadosa Asociación, que bien hubiera podido llamarse Cofradía de los Mártires: de antemano se obligaban a padecer todos los tormentos y aun la misma muerte antes que renunciar a Jesucristo. Llegaba entretanto para los confesores de la fe la hora del supremo combate. Un decreto imperial del 15 de agosto de 1614, mandaba a los sacerdotes católicos y a todos los religiosos, que determinaran el navío en que habían de marchar cuanto antes a los puertos de Manila o Macao. La orden volvió a promulgarse el día 13 de septiembre. Los misioneros de Nagasaki, vigilados con malquerencia, no tuvieron  más remedio que embarcarse en las naves que los aguardaban. Hasta dos leguas dentro del mar fueron custodiados por los soldados para impedir que los cristianos los volviesen a traer a la ciudad.

   Pero, ¿qué puede la humana prudencia contra la sabiduría de Dios?  Apenas los soldados se hubieron vuelto a Nagasaki, se acercaron unas cuantas barcas al navío donde iban los religiosos, y muchos de ellos — la prudencia mandaba limitar su número— pasaron a las barquichuelas y cautelosamente desembarcaron en las costas japonesas. Entre ellos se hallaba, y ¿cómo no?, el padre Morales, a quien acompañaba el padre Tomás del Espíritu Santo. A haber tardado unos días más, no hubiesen podido entrar en el Japón, porque el tirano mandó apostar guardas en todos los puertos para impedir el desembarque de sacerdotes católicos.

   ¿Cómo referir la vida que llevaron de allí adelante aquellos valerosos atletas? Siempre alerta, expuestos al hambre, sed, frío, cansancio y mil privaciones, iban de choza en choza consolando a los cristianos, quienes sentían nuevos alientos al ver que no estaban del todo abandonados.






TRAICIÓN, ARRESTO Y CARCEL


   Por entonces, un compañero del Beato, el padre Alfonso de Mena, fue traidoramente vendido por un desgraciado, y luego preso y entregado al tirano Xogún-Sama. Al padre Morales le cupo la misma suerte a los pocos días. El jefe de la cuadrilla encargada de apresarle le pidió mil perdones, excusándose de tener que cumplir tan dolorosa misión. 

   — Bienvenido seas, amigo — le contestó el Padre—. ¡Guárdeme Dios de malquererte por eso! Mi mayor gusto será verme encadenado por amor a Nuestro Señor Jesucristo.

   — Padre mío —repuso el soldado—, tengo mandado llevarle maniatado y con la soga al cuello.

   — Pues hazlo, amigo; es la mayor honra que puedo recibir; sólo te pido que me dejes entrar unos instantes en mi habitación.

   Pocos minutos después salió revestido del hábito religioso que no llevaba hacía cinco años. Los testigos de esta escena, al verle tan sereno y resignado, se conmovieron hasta derramar lágrimas.

   El padre Morales fué a juntarse en la cárcel con Alfonso de Mena y otros confesores. Mutuamente se edificaban con santas conversaciones y alentaban para el martirio. Más, ¡ay!, este consuelo fué de corta duración para nuestro Beato: a poco le trasladaron con el padre Alfonso a una isla del reino de Firando, llamada Yuquinoshima.

   Cuando se acercaban ya a la costa, acudieron a recibirles todos los cristianos de la isla, y tantas muestras de cariño y devoción les dieron a su llegada, que el padre Morales escribía luego a Manila: «No creo que pueda un mortal sentir nada semejante a lo que experimenté en el fondo de mi alma».

   En Yuquinoshima, el Beato Morales fué encerrado en una cárcel estrechísima, oscura, fétida y malsana. Por todo sustento le daban un poco de arroz cocido en agua, sopa de habas o de nabos y, a modo de extraordinario, un arenque salado. Cada día celebraba Misa, y eso le daba alientos y fortaleza.

   De la cárcel de Yuquinoshima fué trasladado a la de Omura, más estrecha y rigurosa, si cabe. Era más que cárcel una caja a modo de jaula expuesta a todos los vientos y a los abrasadores rayos del sol, a las tormentas y nevadas. Los presos allí amontonados eran tantos que ni podían acostarse para descansar y, como no mudaban de ropa, estaban llenos de miseria;

   «Estos bichos que me están comiendo toda la noche no saben lo que es dormir; son incontables, y pronto no dejarán rastro de nuestros vestidos», debía el Beato Spínola con palabras que eran eco de las del santo Job.

   El padre Morales padeció por espacio de más de dos años en aquel infecto calabozo. Pero tan lejos estaba de quejarse de ello, que en una carta a los españoles de Nagasaki les dice: «... Pido al Señor que no me saque de esta cárcel, si no es para dar mi vida por su Santo Nombre; aunque mi mayor deseo es que se cumpla en todo su divina voluntad. Si quisiere dar oídos a mi personal inclinación, no cambiaría este lugar, que es para mí un paraíso, por los más deliciosos lugares del mundo. Desde que puse los pies en esta cárcel, me desposé con ella; la amo como a esposa... Cuando contemplo a Jesucristo clavado en la cruz con tales dolores y tormentos, la cárcel se me hace un paraíso de delicias.»

   Aquel calabozo vino a ser algo así como un convento regular: en él rezaban Maitines a media noche, el Rosario y la Salve a hora determinada de la tarde; se ayunaba a pesar de las obligadas privaciones de cada día y hasta algunos se daban la disciplina. Era realmente casa de oración y escuela de virtud.


HORRIBLE MARTIRIO


   El siervo de Dios no salió de allí sino para ser trasladado a Nagasaki, donde fué quemado vivo el 10 de septiembre de 1622. Al llegar al poste en que iban a atarle, el padre Morales, a quien imitaron los veinticuatro compañeros de martirio, besó amorosamente el leño del sacrificio.




   Encendieron los verdugos la hoguera a cierta distancia del poste al que el mártir estaba atado con tenues ligaduras: lo hacían así de intento, para que el fuego le alcanzase y abrasase lentamente; si las llamas se acercaban mucho al mártir, estaba mandado a los verdugos apagarlas o contenerlas con largas horcas y encenderlas después. Por fin, el padre Morales cayó al suelo tras varias horas de atrocísimos tormentos, durante los cuales no cesó de rezar y exhortar a sus compañeros a permanecer firmes hasta el fin.





   Su cuerpo y los de los otros mártires fueron custodiados por un pelotón de soldados y, pasados tres días, los quemaron todos. Cogieron luego las cenizas y la tierra empapada en la sangre de los mártires, y llenaron con ella unos sacos que echaron al mar. Los cristianos, a pesar de todos sus esfuerzos, no dieron con polvo ni rastro alguno de aquel grandioso holocausto. Pero el Señor, que vela por las cenizas de sus Santos, manifestó con prodigios la gloria de los mártires, pues varias veces vieron los paganos, con espanto, brillar una luz resplandeciente sobre el lugar del suplicio.

   La memoria del Beato Francisco de Morales está unida a la del Beato Alfonso de Navarrete y a la de otros muchos mártires del Japón, en el culto que la Iglesia permite darles el día primero de junio de cada año.








EL SANTO DE CADA DÍA

POR EDELVIVESS

jueves, 14 de mayo de 2026

SAN BONIFACIO de TARSO, mártir. (+ 306). -14 de mayo.

 





   Hacia el principio del cuarto siglo, bajo el imperio de Galerio Máximo, se admiró en la Iglesia una de aquellas extraordinarias conversiones que obra algunas veces la mano poderosa del Señor para animar la confianza de los pecadores, y para descubrir al mismo tiempo a los hombres los tesoros de sus misericordias.


   Había en Roma una dama joven, noble, rica y poderosa, llamada Aglae, hija de Acacio que había sido procónsul, de familia senatoria, la cual estaba tan entregada al fausto y a la vanidad, que solía dar al pueblo juegos públicos, cuyos gastos costeaba ella misma. Era a la verdad cristiana, pero desacreditaba el nombre y la profesión con su desarreglada vida. Ocupada toda del espíritu del mundo, se entregaba totalmente a las diversiones, hasta tocar la raya de la disolución, con grande escándalo de todos los fieles.





   Tenía comercio ilícito con su mismo mayordomo, joven de bella disposición, pero dado al vino y a todos los demás desórdenes. Se llamaba Bonifacio, y aunque era también cristiano, lo era solo de nombre, deshonrando la profesión, igualmente que su ama, por la disolución de sus costumbres. En medio de estos defectos, se notaban en él tres buenas prendas: compasión de los miserables, caridad con los pobres, y hospitalidad con los extranjeros.


   Hacía mucho tiempo que traía una vida muy desordenada, cuando el Dios de las misericordias mudó su corazón con la conversión de la misma que le había pervertido. Movida Aglae de una poderosa gracia interior, abrió los ojos para conocer sus desórdenes, y espantada con la vista del número y de la gravedad de sus pecados, despedazado el corazón de dolor, resolvió aplacar la ira de Dios con sus limosnas y con una pronta penitencia.


   A la conversión de Aglae se siguió inmediatamente la de Bonifacio, y ambos repararon con ventaja el escándalo que habían dado a los fieles, con la mudanza de su vida y con sus grandes ejemplos. Comenzó Aglae haciendo a Dios un generoso sacrificio de todas sus galas y sus joyas, se prohibió todo género de diversiones, y se retiró para siempre de todas las concurrencias mundanas. A las antiguas diversiones ilícitas sucedió el ayuno, la oración, el cilicio y otras muchas penitencias: y procurando redimir sus pecados con sus limosnas, se sepultó en un profundo retiro, determinada a pasarlo restante de su vida entre gemidos y llantos. Por su parte Bonifacio no omitía medio alguno para ser fiel a la gracia, dando cada dia nuevas pruebas de la sinceridad de su conversión.

   Noticiosa Aglae de que el emperador Galerio Máximo continuaba en el Oriente la persecución contra los cristianos, que había cesado en Roma después de algunos años, y que cada dia sellaba la fe con su sangre algún generoso confesor de Jesucristo, llamó a Bonifacio, y le dijo con las lágrimas en los ojos
       —«Bien sabes la necesidad que tú y yo tenemos de solicitar la protección de los santos mártires, tan poderosa con el Señor. He oído decir, que todos los que sirven a los santos que combaten por Jesucristo, merecen que los mismos santos intercedan por ellos en el tribunal del supremo Juez; la persecución es cada dia mas furiosa en el Oriente; todos los días se hacen nuevos mártires; ve, pues, y tráeme algunas reliquias; haz cuanto puedas para presentarme el cuerpo de algún mártir, que yo lo recibiré con veneración, y construiré en su honor un oratorio.»


   Muy gustoso Bonifacio con semejante comisión, dispuso un magnífico tren para partir a desempeñarla: tomó una gran cantidad de dinero, así para comprar los cuerpos de los mártires, como para socorrer a los siervos de Dios que estaban en las cárceles, y para hacer cuantiosas limosnas a los pobres.


   Prevenidos, pues, doce caballos, tres literas, y diversos aromas para embalsamar los santos cuerpos, partió para la Cilicia. Al despedirse de su ama, la dijo como por chanza:
       «Señora, vos me enviáis a que os traiga el cuerpo de algún mártir, si Dios me hiciera la gracia de que diese mi vida por la fe, y os trajeran mi cuerpo, ¿le tendríais por reliquia?

       — «Bonifacio, le respondió Aglae, ya no es tiempo de chanzas, la corona del martirio no se hizo para tan grandes pecadores, procura no desmerecer traerme el santo depósito que te encargo, y hacerte digno de la protección del santo cuyas reliquias me condujeres.»


   Hicieron estas palabras grande impresión en nuestro santo. Se prohibió el uso de la carne y del vino por todo el tiempo del viaje, y juntando a esta abstinencia la continua oración que hacía a Dios, y las copiosas lágrimas de contrición que derramaba, se iba disponiendo para la corona del martirio.


   Luego que llegó a Tarso de Cilicia, envió al mesón el equipaje y los criados, y él. se fué en busca de algunos cristianos de la ciudad para saber lo que en ella pasaba. Muy presto le informaron sus mismos ojos; porque habiendo llegado a una gran plaza, vió en ella atormentar a los santos mártires, que eran en número de veinte. Unos estaban colgados cabeza abajo, encima de una hoguera encendida; otros extendidos sobre cuatro palos, y horriblemente despedazados; estos descuartizados, aquellos enclavados, aserrados, empalados, azotados, casi espirando a la violencia de los golpes, y tan cruelmente atormentados, que los circunstantes, aunque por la mayor parte paganos, estaban horrorizados.




   Encendido Bonifacio, a la vista de este espectáculo, en un nuevo deseo del martirio, y animado de mayor aliento, lleno de confianza en la misericordia de aquel Señor que le daba tanto espíritu, rompe por la muchedumbre, se acerca a los santos mártires, les abraza, besa tiernamente sus heridas, y grita con esfuerzo fervoroso:
       «Grande es el Dios de los cristianos; poderoso es el Dios a quien adoran estos santos mártires, y por cuya gloria tienen la dicha de derramar su sangre. Siervos de Dios, héroes cristianos, yo os suplico que roguéis a Jesucristo por mí, y me consigáis la gracia, aunque soy tan grande pecador, de que tenga parte en vuestros combates y en vuestro triunfo».


   Arrojándose después a los pies de los generosos confesores, besaba sus cadenas, y levantándola voz, les decía:
       «Buen ánimo, mártires de Jesucristo; combatid por aquel que combate con vosotros; confundid a todo el infierno con vuestra fe y con vuestra constancia; pocos momentos os quedan para padecer; el combate es corto, el premio es inmenso, es eterno.»


   El gobernador Simplicio, que estaba presente, habiendo advertido lo que pasaba, dio orden para que le condujesen a su tribunal, y le preguntó quién era, y qué quería decir aquella especie de entusiasmo.

       —«Yo soy cristiano —respondió Bonifacio con tono intrépido y firme— y envidio a los bienaventurados mártires la dicha que tienen de derramar su sangre por un Dios que, hecho hombre para redimirnos, dio primero su sangre y su vida por nosotros».


   Admirado el gobernador de aquella intrepidez, le preguntó:
       «¿Cómo te llamas?»

      «Ya te lo he dicho, —respondió el santo— yo soy cristiano; pero si quieres saber mi nombre vulgar, me llamo Bonifacio».

      «Muy osado eres, —replicó el gobernador—, pues me vienes a insultar al pie de mi tribunal y a la vista de los suplicios. Ahí tienes un altar, para que aquellos de tu religión que quisieren librarse de ellos, sacrifiquen a los dioses: sacrifica tú al instante al gran Júpiter, porque si no, yo voy a dar orden para que seas atormentado de mil maneras»





       «Puedes hacer de mi lo que quisieres, —respondió el santo—, pues ya te he dicho repetidas veces que soy cristiano, y no quiero ofrecer sacrificios a los infames demonios».

   Irritado furiosamente el gobernador con esta respuesta, le mandó apalear hasta que moliesen sus huesos; y haciendo aguzar unas pequeñas astillas, ordenó que se las hincasen entre las uñas. Era el dolor vivo y agudo, pero el santo lo toleró con un semblante risueño. Juzgando Simplicio que le insultaba con aquella rara serenidad, dio orden para que le echasen en la boca plomo derretido. Persuadido Bonifacio que este tormento le quitaría el uso de la lengua, quiso prevenirle para consagrar a Dios el último ejercicio de ella; y levantando los ojos al cielo, hizo esta devota oración…


       «Te doy gracias, Señor mío Jesucristo, porque te dignaste aceptar el sacrificio que te hice de mi vida: ven, Señor, en socorro de tu siervo, perdónale todas sus maldades; sean purgadas con su sangre, y sírvale la muerte de penitencia. Fortifícame con tu gracia, y no permitas que me venzan los tormentos».

   Acabada esta oración, se volvió a los otros mártires, y con voz alta les dijo:
       «Yo os suplico, siervos de Jesucristo, que ruegues a Dios por mí».

   Todos los santos mártires se encomendaron también a sus oraciones. Se enterneció el pueblo a la vista de este espectáculo, y Bonifacio comenzó a clamar a voz en grito:
       «¡Oh qué grande es el Dios de los cristianos! ¡No hay otro Dios!; el Dios de los mártires es el único Dios verdadero. Jesucristo, Hijo de Dios, salvadnos; todos creemos en vos, tened misericordia de nosotros».

   A este tiempo el pueblo echó por tierra el altar, y comenzó a arrojar piedras contra el gobernador, que se vio precisado a retirarse y a esconderse hasta que se apaciguase la sedición.


   El santo fué conducido a la cárcel, y el dia siguiente, hallándole el juez tan firme y tan intrépido como el anterior, mandó que le echasen en una caldera de pez y aceite hirviendo. Hizo el santo mártir la señal de la cruz sobre ella, y reventando la caldera por todas partes, salieron torrentes de pez derretida, que abrasaban a los circunstantes. Espantado el gobernador del poder de Jesucristo, y temiendo otra nueva sedición, mandó que le cortasen la cabeza. Así purgó Bonifacio las culpas de su vida pasada, derramando su sangre por Jesucristo. A su muerte, que sucedió el dia 14 de mayo, se siguió inmediatamente un gran temblor de tierra, que atemorizó a los gentiles, y muchos se convirtieron.



   En este tiempo los compañeros y criados de Bonifacio, ignorantes de lo que había pasado, inquietos y cuidadosos, viendo que después de dos días no había aparecido en la posada, le andaban buscando por todas partes; y aun algunos se adelantaron a juzgar que estaría sin duda en alguna casa de juego, o quizá en otra peor. Como andaban preguntando por un extranjero, recién llegado de Roma, de mediano talle, robusto, de pelo rubio y rizado, con una capa roja, se encontraron con el hermano del carcelero, que por las señas les dijo era sin duda uno que dos días antes habían apresado por cristiano, y le habían cortado la cabeza. —¿No nos harás el favor de enseñarnos el cuerpo? —le dijeron ellos. Y él les respondió: No tenéis más que seguirme, pues todavía le hallaremos en la arena.





   Apenas le reconocieron, cuando llenos de admiración, de gozo, y de arrepentimiento por los malos juicios que habían hecho, se arrojaron a sus pies, deshaciéndose en lágrimas. Entonces la cabeza del santo mártir, con un prodigio verdaderamente extraordinario, abrió los ojos, y mirándolos a todos con una halagüeña sonrisa, los llenó de compunción y de consuelo. Después de haber satisfecho su devoción, pidieron al oficial que les permitiese llevarse el santo cuerpo: y lo consiguieron mediante quinientos escudos de oro que le dieron por él.

   Lo embalsamaron, y lo envolvieron en preciosas telas, y metiéndolo en una litera, volvieron a tomar el camino de Roma, no cesando de alabar a Dios por el dichoso fin del santo mártir.


   Por este tiempo, hallándose Aglae en oración, oyó una voz del cielo, que la dijo:
       —“El que antes era criado tuyo, ya es hermano nuestro; recíbele como a tu Señor, y colócale dignamente, porque singularmente a su intercesión deberás que Dios te perdone tus pecados”.



   Se levantó prontamente, y saltando su corazón de alegría, rindió mil gracias a Dios por la misericordia que había usado con su siervo. Rogó a algunos clérigos que la acompañasen, y salió a recibir las santas reliquias, cantando devotas oraciones por el camino, todos con velas en las manos y con prevención de aromas. Apenas habían andado un cuarto de legua, cuando llegó el cuerpo del santo mártir. No se puede explicar la veneración y las lágrimas de gozo con que fué recibido. Le enterraron en un terreno que era posesión de Aglae, y allí mismo esta hizo levantar un magnífico sepulcro, y algunos años después mandó construir un oratorio. Renunció enteramente al mundo, repartió sus bienes entre los pobres, dio libertad a sus esclavos, y no teniendo consigo más que algunas doncellas que la servían dispuso que la hiciesen una ermita junto a la capilla del santo mártir, donde vivió todavía trece años entregada a los más ejemplares ejercicios de devoción, y murió santamente, declarando el Señor la santidad de su sierva con muchos milagros.


AÑO CRISTIANO