jueves, 12 de febrero de 2026

SANTA EULALIA DE BARCELONA, virgen y mártir. (+ 304) — 12 de febrero.

 



   Al tiempo que el presidente Daciano entró en Barcelona para hacer carnicería de los cristianos, vivía retirada en una heredad de sus nobles padres una santa doncella de edad de trece años, llamada Eulalia, virgen hermosísima, y abrasada del amor de Jesucristo, a quien ya había consagrado su pureza virginal. 

   Vino a su noticia la crueldad de Daciano, y fue combatida en su corazón de dos contrarios afectos: de tristeza y alegría; de tristeza, porque temía que algunos cristianos flacos no desmayasen en la fe por temor de tan rigurosos tormentos; de alegría, porque deseaba morir por Cristo y juzgaba que era llegado el tiempo en que Dios le quería hacer tan gran merced.

   Y con este fervor y deseo del martirio, movida del Señor, se salió secretamente de casa de sus padres y se fue al tribunal del juez para reprenderle de la tiranía y crueldad que usaba con los cristianos.

   Se asombró Daciano al ver una niña como aquella, y oír su reprensión; pero volviendo luego en su acuerdo juzgó que se hallaba ya en uno de aquellos trances, más difíciles en que los mismos niños cristianos habían puesto, debajo de sus pies todo el orgullo y poderío de los tiranos de Roma. No contestó, pues, con blandas palabras, como merecía la hermosa y tierna Eulalia, sino con grandes y fieras amenazas.



   “¿Quién eres tú—le dice—, que así te atreves a menospreciar las leyes de los emperadores?”


   Respondió la valerosa y candorosa niña: “Yo soy Eulalia, sierva de Jesucristo Hijo de Dios, al cual se debe toda reverencia y adoración, y no a los ídolos vanos”.


   Rugió de coraje el presidente, y quería ver decapitada de un solo golpe a la que así hablaba, pero no le estaba bien tomar venganza en aquella débil  criatura, y ordenó, que atadas las manos fuese conducida a la cárcel para ver si podían rendirla allí con un cruel castigo de azotes.

   Desnudan, pues, el cuerpo virginal de aquella blanca paloma de Jesucristo, y con bárbara crueldad descargan sobre ella repetidos y fieros golpes hasta dejarla toda bañada en sangre.



   Pero Eulalia ni se queja ni da un solo gemido, ni muda siquiera el semblante apacible y sereno.

   Tienden luego aquel santo cuerpecito en el potro y lo atormentan con uñas de hierro, con hachas ardientes, con aceite hirviendo, con plomo derretido y con cal viva. La pusieron después en una cruz, y aun en este ignominioso suplicio prevaleció la santa virgen y dejó confusos a los verdugos y al tirano. 


    Finalmente, después de haber sido paseada por la ciudad para espantar con su vista a los cristianos, fue degollada en el campo, donde los cristianos la hallaron por la noche cubierta de nieve, y la sepultaron honoríficamente. 



*

   Reflexión: Dígame quienquiera que esto leyere, ¿de dónde le vino a la santa niña tan maravillosa e invencible constancia? Las niñas tiemblan, las niñas se estremecen a la sola vista o imaginación de tales horrores. Claro está: pertenecen al sexo débil y son lo más débil de su sexo. Confiese, pues, todo hombre de sano juicio, que aquí hay un prodigio estupendo de la virtud de Cristo, el cual escogió a una flaca criatura como Eulalia, para hacer ostentación de su fortaleza soberana contra los más poderosos enemigos de su santo Nombre.




   Oración: Te Suplicamos, Señor, nos concedas el perdón de nuestros pecados por la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Eulalia, que tanto te agradó, así por el mérito de su castidad, como por la ostentación de tu infinito poder. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

miércoles, 21 de enero de 2026

SANTA INÉS, virgen y mártir.

 


   Nació esta gloriosísima niña y fortísima mártir de Cristo de padres cristianos, ricos y nobles. 

   Catorce años tenía, y ponderaban su extraordinaria hermosura hasta en la corte imperial. Enamorado de ella el hijo del gobernador de Roma, llamado Procopio, envió a la doncella un riquísimo presente, y usó de todo linaje de halagos, promesas y amenazas para alcanzarla por esposa. 

   Respondió ella que quería ser leal a otro Esposo mucho más noble, el cual sólo le pedía por dote la virginidad. Por donde entendiendo el gobernador que Inés era cristiana, le concedió veinticuatro horas de tiempo para escoger una de dos cosas: o dar la mano a su hijo, y ser una de las primeras damas romanas, o resignarse a morir en los más afrentosos y dolorosos suplicios.



   «No es menester tanto tiempo; — respondió Inés — lo que me está mejor es morir, y coronar mi virginidad con la gloria del martirio».


   «Irás, pues, al lugar infame — replicó el prefecto — y morirás sin ser virgen».


  «Esas son las infamias que os inspiran vuestros dioses, — repuso la niña — pero no las temo, porque hay quien me librará de ellas».


   La cargaron, pues, de cadenas, y la llevaron como arrastrando al templo de los ídolos, y allí le movieron por fuerza la mano para que ofreciese incienso a los dioses, y ella al levantar la diestra hizo la señal de la cruz, por lo cual de allí fue conducida al lugar de infamia: más un resplandor celestial atajó los pasos de los mozos deshonestos que se le llegaron, y el hijo del prefecto, que osó entrar en aquel sitio, cayó repentinamente muerto. 

   Consternado el padre de este joven, rogó a Inés que, si podía, le resucitase; y la niña oró y el mancebo resucitó, confesando delante de todos que Jesucristo era Dios.

   Al ver estos prodigios, los sacerdotes de los ídolos conmovieron al pueblo contra la niña cristiana, diciendo que era una gran hechicera y sacrílega, por lo cual el teniente del gobernador dio sentencia de que fuese quemada. Se encendió la hoguera y con asombro de todos apareció la niña sin lesión en medio del fuego. 


   Entonces, temiéndose una sedición del pueblo, mandó el presidente que allí mismo fuese degollada; y atravesándole el pecho un verdugo, voló el alma de Inés a su celestial Esposo. 


   Pusieron su santo cuerpo en una heredad de sus padres, fuera de la puerta Nomentana, que ahora se llama de Santa Inés, donde muchos cristianos, concurrían a hacerle reverencia; entre ellos fue Emerenciana, virgen santísima, compañera y hermana de leche de santa Inés y reprendió en aquel lugar a los gentiles de su impiedad. Era catecúmena, y fue bautizada allí con su propia sangre. Su cuerpo fue sepultado junto con el de santa Inés.



   Reflexión: San Máximo, en un sermón que hizo de santa Inés, exclamaba: « ¡Oh virgen gloriosísima! ¡Qué ejemplo de vuestro amor habéis dejado a las vírgenes, para que os imiten! ¡Oh, cómo les enseñasteis a responder, despreciando la riqueza del siglo, desechando los deleites del mundo, amando solamente la hermosura de Cristo! Allegaos, doncellas, y en los tiernos años de la niñez, aprended a amar a Cristo con vivas llamas de amor. Dice Inés que quiere ser leal a su Esposo, y que desea a Aquél solo, que no rehusó morir por ella. Aprended, vírgenes, de Inés, que así está abrasada del amor divino tiene por nada todos los tesoros y delicias de la tierra».






   Oración: Todopoderoso y sempiterno Dios, que escoges lo más flaco para confundir a lo más fuerte; concédenos por tu clemencia que los que hoy celebramos la fiesta de la bienaventurada virgen y mártir Inés, experimentemos la virtud de su intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

viernes, 16 de enero de 2026

SAN MARCELO, papa y mártir. (+ 309). —16 de enero.

 


   San Marcelo, papa y mártir, cuya memoria celebra hoy la santa Iglesia, nació en Roma hacia la mitad del tercer siglo. Como ya florecía en aquella ciudad la religión cristiana, a pesar de las persecuciones horribles de los emperadores paganos, tuvo Marcelo la felicidad de ser criado y educado en el seno de la santa Iglesia. Abrazó el estado eclesiástico; y san Marcelino, que ocupaba entonces la silla de san Pedro, conociendo su extraordinario mérito y su eminente virtud, le hizo presbítero de la iglesia de Roma.


   Por éste tiempo, habiendo sido creados emperadores Diocleciano y Maximiano, movieron aquella cruel persecución contra los cristianos, que fué la novena desde el imperio de Nerón, la que hizo derramar tanta sangre de mártires, y llenó de luto a toda la Iglesia. Habiendo sido coronado del martirio san Marcelino el año de 304, vacó la silla de san Pedro cerca de tres años. El furor de la persecución no dejaba libertad a los cristianos para juntarse, y para proceder a la elección del nuevo papa, pero habiéndose mitigado un poco por la renuncia que hicieron del imperio Diocleciano y Maximiano, fué elegido papa san Marcelo, siendo el XXXI después de san Pedro, el año de 307.



   Apenas se vió elevado a esta suprema dignidad, cuando se aplicó a restablecer la disciplina, que con las turbaciones precedentes se había al parecer alterado un poco, y se dedicó a reparar las pérdidas que podía haber padecido la Iglesia durante tan larga y tan cruel persecución.


   Diocleciano y Maximiano habían renunciado el imperio en favor de Galerio y de Constancio, padre del gran Constantino. Pero habiendo este muerto en York, y hallándose a la sazón en Roma Majencio, hijo del viejo Maximiano, creyó que podía ser esta ocasión muy oportuna para hacerse emperador; y con efecto tomó el título de tal. Como los cristianos eran ya poderosos en Roma, afectó hacerse cristiano para atraerlos a su partido, y para lisonjear al pueblo romano. Con esto cesó la persecución, y por algunos meses gozaron de paz los fieles.



   Procuró san Marcelo aprovechar este intervalo de tranquilidad para establecer algunas constituciones saludables, y para remediar algunos abusos que se habían introducido.


   Instituyó en Roma veinte y cinco títulos o parroquias para bautizar a los que se convirtiesen a la fe, para recibir a penitencia a los pecadores, y para sepultar con mayor decencia los cuerpos de los santos mártires, en que había habido mucho descuido, y procuró con el mayor desvelo recoger las santas reliquias.



   Ya san Evaristo, sexto sucesor de san Pedro, había señalado a los presbíteros los barrios o los cuarteles de la ciudad que habían de estar a su cargo. San Higinio, cincuenta y cinco años después, había aumentado el número, y san Marcelo le determinó al número fijo de veinte y cinco parroquias. Se administraban en ellas los sacramentos, se distribuía a los fieles la palabra de Dios, y se celebraban los divinos misterios. Desde entonces se comenzó a llamar presbítero cardenal al presbítero principal que tenía a su cargo las parroquias, como que era el quicio sobre el cual se movía el cuidado espiritual de la parroquia; y esto es lo que hoy dia significa el título de estas iglesias que tiene cada cardenal.


   El celo de la disciplina eclesiástica irritó los ánimos, y ocasionó al santo pontífice crecidas mortificaciones. La mayor parte de los que habían flaqueado en la última persecución, querían ser reconciliados con la Iglesia, casi sin recibir ninguna penitencia. Muchos de los que por su ministerio debían reconciliarlos, les concedían la absolución con demasiada facilidad, y acusaban el rigor del santo como inoportuno y excesivo. Esta diversidad de pareceres causó inquietud y división; y Majencio, que después de la victoria conseguida contra Severo, ya no contemplaba a los cristianos, tomó de aquí ocasión para renovar la persecución contra la Iglesia.


   Mandó venir delante de sí a san Marcelo, y quiso obligarle a renunciar la fe, y a sacrificar a los ídolos. La resolución y la constancia del santo pontífice le asombraron. Empleó todos los artificios que pudo para derribarle, dulzura, severidad, promesas, amenazas, suplicios. Siendo todo inútil, le hizo despedazar con crueles azotes, y por una especie refinada de crueldad le condenó a servir en las caballerizas públicas, pareciéndole que, para un sumo pontífice de los cristianos, no sería la muerte suplicio tan duro como obligarle a pasar sus días en un ejercicio tan penoso y tan despreciable.



   Pero el santo papa nunca pareció tan grande como cuando se vió hecho mozo de caballos por amor de Jesucristo. Privado de todo socorro humano en un lugar tan indigno, peor alimentado que las mismas bestias de carga que tenía a su cuidado, cubierto de unos asquerosos andrajos, y reducido a dormir sobre la desnuda tierra, cien veces al dia daba gracias al Señor por la merced que le hacía, teniéndose por dichoso en imitar de alguna manera su pasión y sus desprecios.


   Los fieles concurrían de todas partes para admirar a su santo pastor, y él los animaba con sus discursos, los cautivaba con su dulzura, y los instruía con sus palabras y con sus ejemplos.


   Nueve meses había vivido san Marcelo en aquel estado tan indigno de su persona, cuando los principales del clero romano hallaron medio de libertarle. Le sacaron una noche, y le condujeron a casa de una santa viuda llamada Lucina, que habiendo sido ejemplo de señoras cristianas en quince años que vivió con su marido, había diez y nueve que era modelo de todas las virtudes en el estado de viuda.


   Recibió Lucina en su casa al santo pontífice con una suma alegría; y como los fieles de todas partes concurriesen secretamente a ella, suplicó a san Marcelo que la consagrase en iglesia. Le dio el santo este gusto, y después se llamó San Marcelo, y hoy es título de cardenal.




   Apenas fué consagrada esta nueva iglesia cuando los cristianos acudían a ella en tropas todos los días. El santo pontífice celebraba los divinos misterios, repartía a los fieles la palabra de Dios, y pasaba las noches en oración y en vigilias. No duró mucho esta calma, porque se excitó luego una nueva tormenta que todo lo puso en confusión, y causó grandes estragos.


   Noticioso Majencio de lo que pasaba, entró en una furiosa cólera contra los cristianos. Dudó por algún breve rato si quitaría la vida a san Marcelo, pero juzgó que sería más riguroso castigo para los cristianos el convertir esta nueva iglesia en nuevas caballerizas públicas, y el condenar al santo pontífice a que pasase sus días en la última miseria, cuidando de las bestias más viles; lo que al instante se puso en ejecución.


   La honra de padecer por amor de Jesucristo colmaba a san Marcelo de alegría, pero el dolor de ver profanado aquel sagrado lugar le servía de intolerable suplicio. Mas era menester sufrir este tormento, y todo su consuelo era regar con sus fervorosas lágrimas un lugar que quisiera poder purificar con la efusión de su sangre.


   Aunque el santo pastor estaba tan maltratado, no por eso olvidaba sus ovejas. Se tiene por cierto que, en este mismo tiempo, y en medio de sus trabajos, escribió dos epístolas, una dirigida a los obispos de la provincia de Antioquía, exhortándolos a conservar con cuidado y con fidelidad el depósito de la fe que habían recibido de san Pedro y de los otros apóstoles, no sufriendo jamás que alguna doctrina extraña se mezclase ni se entremetiese en alterar su pureza. La otra epístola se dirigía al tirano Majencio, a quien representa el daño que hace a su alma en perseguir la religión cristiana, que había dado muestras de abrazar, y le exhorta a abrir los ojos a la verdad, renunciando al culto de los ídolos.




   Poco tiempo después, consumido de trabajos y de miserias nuestro santo por amor de Jesucristo, acabó su martirio hacia el fin del año de 309. Se halló su cuerpo cubierto de un cilicio, y retirándole de aquel lugar inmundo, fue enterrado en el cementerio de Princila, donde se conservó hasta el tiempo de san Martin, papa, en el que parte de sus reliquias fueron trasladadas a Flandes, y colocadas en el monasterio de Haumond, cerca de Maubeuge; otra parte en Cluni, y las restantes se conservan el dia de hoy en Roma en la iglesia de san Marcelo.



AÑO CRISTIANO
POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).


lunes, 29 de diciembre de 2025

STO. TOMÁS de CANTORBERY, arzobispo y mártir. (+ 1170). —29 de diciembre.

 


   El invicto defensor de la inmunidad eclesiástica y glorioso mártir de Cristo santo Tomás, nació en Londres de padres nobles, ricos y piadosos.


   Aprendió desde niño las bellas letras con grande aprovechamiento, y ya desde joven fué de loables costumbres, de gentil disposición, hermoso de rostro, en sus palabras modesto y grave, y tan amigo de la verdad, que ni aun burlando se apartaba de ella.

   Con tales prendas tanto se hizo amar del arzobispo de Cantorbery que el buen prelado le admitió en su servicio, y le hizo arcediano de su iglesia, y luego por consejo suyo el rey Enrique II le hizo su cancelario y le confió la educación de su hijo, llamado también Enrique; y muerto el arzobispo, quiso a todo trance que ocupara la sede primada de Cantorbery, Tomás su cancelario, a pesar de su firme resistencia.

   Hecho arzobispo, asistió a un concilio celebrado en Tours, en que presidió el papa Alejandro III: y vuelto a Inglaterra, tuvo que luchar denodadamente contra el rey, su grande amigo y protector; el cual pretendía dar algunas leyes muy perjudiciales a la Iglesia y contrarias a su divina autoridad.

   Tomó el rey grandes medios de promesas y amenazas, de blanduras y espantos para atraer al santo prelado a su voluntad; mas todo fué inútil; con lo cual es increíble el odio que tomó contra el santo, teniéndole por ingrato y desconocido a las mercedes que le había hecho.

   Para evitar mayores males, salió de Inglaterra el santo arzobispo y pasó a Flandes.

   Lo sintió el rey; dio contra él quejas al Papa; quiso este oír al prelado, para lo cual pasó a Roma, en donde el pontífice le oyó, y le animó a seguir en su buen propósito; más para aplacar al rey, le aconsejó que se recogiese a una casa religiosa, como lo hizo, retirándose a un monasterio de la orden del Císter en Francia.

   Y como el rey amenazase a los monjes cistercienses de toda Inglaterra con echarles de su reino, el santo, por no serles ocasión de tan grave daño, dejó aquel monasterio, y pasó a otro.

   Finalmente, después de muchas alteraciones y dificultades, el rey de Francia con ruegos y el papa con amenazas apretaron tanto a Enrique, que se aplacó, se reconcilió con el santo arzobispo, y le dio licencia para volver a Inglaterra, donde fué recibido con grande fiesta y alegría de los buenos y no menor pesar de los malos.

   Continuó el santo su oficio pastoral con la misma entereza que antes;  y sus adversarios, por hacer placer al príncipe, determinaron acabar con él y darle muerte. 



   Estando, pues, santo Tomás en la iglesia, entraron en ella aquellos crueles verdugos, arremetieron contra él, y uno de ellos le descargó con la espada un fiero golpe en la cabeza, y tras él otros, hasta que cayó en el suelo, el cual quedó manchado con el cerebro del invicto mártir.



   Reflexión: Actos heroicos reclama a veces de nosotros la justicia.

   Por defenderla hay que perder quizás como este santo, el valimiento de los príncipes, alejarse de la patria, y vivir en suma miseria en extraño suelo.



   Pero ¡cuánto no ensancha el corazón la amorosa providencia que Dios tiene de los suyos! Ya él nos lo había dado a entender diciéndonos que eran bienaventurados los que padecían persecución por la justicia, y así es.



   Los mismos que los persiguen admiran su virtud y hasta les piden perdón de sus yerros.

   Si acaso Dios te ha escogido también para este género de bienaventuranza, adora reverente sus juicios y dale gracias por tan inestimable favor.

EL REY ENRIQUE HACIENDO PENITENCIA ANTE LA TUMBA DEL SANTO. 



   Oración: Oh Dios, por cuya Iglesia el glorioso pontífice santo Tomás murió a manos de los impíos, concédenos que todos los que imploran su auxilio, reciban el saludable efecto de su petición. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.