jueves, 14 de mayo de 2026

SAN BONIFACIO de TARSO, mártir. (+ 306). -14 de mayo.

 





   Hacia el principio del cuarto siglo, bajo el imperio de Galerio Máximo, se admiró en la Iglesia una de aquellas extraordinarias conversiones que obra algunas veces la mano poderosa del Señor para animar la confianza de los pecadores, y para descubrir al mismo tiempo a los hombres los tesoros de sus misericordias.


   Había en Roma una dama joven, noble, rica y poderosa, llamada Aglae, hija de Acacio que había sido procónsul, de familia senatoria, la cual estaba tan entregada al fausto y a la vanidad, que solía dar al pueblo juegos públicos, cuyos gastos costeaba ella misma. Era a la verdad cristiana, pero desacreditaba el nombre y la profesión con su desarreglada vida. Ocupada toda del espíritu del mundo, se entregaba totalmente a las diversiones, hasta tocar la raya de la disolución, con grande escándalo de todos los fieles.





   Tenía comercio ilícito con su mismo mayordomo, joven de bella disposición, pero dado al vino y a todos los demás desórdenes. Se llamaba Bonifacio, y aunque era también cristiano, lo era solo de nombre, deshonrando la profesión, igualmente que su ama, por la disolución de sus costumbres. En medio de estos defectos, se notaban en él tres buenas prendas: compasión de los miserables, caridad con los pobres, y hospitalidad con los extranjeros.


   Hacía mucho tiempo que traía una vida muy desordenada, cuando el Dios de las misericordias mudó su corazón con la conversión de la misma que le había pervertido. Movida Aglae de una poderosa gracia interior, abrió los ojos para conocer sus desórdenes, y espantada con la vista del número y de la gravedad de sus pecados, despedazado el corazón de dolor, resolvió aplacar la ira de Dios con sus limosnas y con una pronta penitencia.


   A la conversión de Aglae se siguió inmediatamente la de Bonifacio, y ambos repararon con ventaja el escándalo que habían dado a los fieles, con la mudanza de su vida y con sus grandes ejemplos. Comenzó Aglae haciendo a Dios un generoso sacrificio de todas sus galas y sus joyas, se prohibió todo género de diversiones, y se retiró para siempre de todas las concurrencias mundanas. A las antiguas diversiones ilícitas sucedió el ayuno, la oración, el cilicio y otras muchas penitencias: y procurando redimir sus pecados con sus limosnas, se sepultó en un profundo retiro, determinada a pasarlo restante de su vida entre gemidos y llantos. Por su parte Bonifacio no omitía medio alguno para ser fiel a la gracia, dando cada dia nuevas pruebas de la sinceridad de su conversión.

   Noticiosa Aglae de que el emperador Galerio Máximo continuaba en el Oriente la persecución contra los cristianos, que había cesado en Roma después de algunos años, y que cada dia sellaba la fe con su sangre algún generoso confesor de Jesucristo, llamó a Bonifacio, y le dijo con las lágrimas en los ojos
       —«Bien sabes la necesidad que tú y yo tenemos de solicitar la protección de los santos mártires, tan poderosa con el Señor. He oído decir, que todos los que sirven a los santos que combaten por Jesucristo, merecen que los mismos santos intercedan por ellos en el tribunal del supremo Juez; la persecución es cada dia mas furiosa en el Oriente; todos los días se hacen nuevos mártires; ve, pues, y tráeme algunas reliquias; haz cuanto puedas para presentarme el cuerpo de algún mártir, que yo lo recibiré con veneración, y construiré en su honor un oratorio.»


   Muy gustoso Bonifacio con semejante comisión, dispuso un magnífico tren para partir a desempeñarla: tomó una gran cantidad de dinero, así para comprar los cuerpos de los mártires, como para socorrer a los siervos de Dios que estaban en las cárceles, y para hacer cuantiosas limosnas a los pobres.


   Prevenidos, pues, doce caballos, tres literas, y diversos aromas para embalsamar los santos cuerpos, partió para la Cilicia. Al despedirse de su ama, la dijo como por chanza:
       «Señora, vos me enviáis a que os traiga el cuerpo de algún mártir, si Dios me hiciera la gracia de que diese mi vida por la fe, y os trajeran mi cuerpo, ¿le tendríais por reliquia?

       — «Bonifacio, le respondió Aglae, ya no es tiempo de chanzas, la corona del martirio no se hizo para tan grandes pecadores, procura no desmerecer traerme el santo depósito que te encargo, y hacerte digno de la protección del santo cuyas reliquias me condujeres.»


   Hicieron estas palabras grande impresión en nuestro santo. Se prohibió el uso de la carne y del vino por todo el tiempo del viaje, y juntando a esta abstinencia la continua oración que hacía a Dios, y las copiosas lágrimas de contrición que derramaba, se iba disponiendo para la corona del martirio.


   Luego que llegó a Tarso de Cilicia, envió al mesón el equipaje y los criados, y él. se fué en busca de algunos cristianos de la ciudad para saber lo que en ella pasaba. Muy presto le informaron sus mismos ojos; porque habiendo llegado a una gran plaza, vió en ella atormentar a los santos mártires, que eran en número de veinte. Unos estaban colgados cabeza abajo, encima de una hoguera encendida; otros extendidos sobre cuatro palos, y horriblemente despedazados; estos descuartizados, aquellos enclavados, aserrados, empalados, azotados, casi espirando a la violencia de los golpes, y tan cruelmente atormentados, que los circunstantes, aunque por la mayor parte paganos, estaban horrorizados.




   Encendido Bonifacio, a la vista de este espectáculo, en un nuevo deseo del martirio, y animado de mayor aliento, lleno de confianza en la misericordia de aquel Señor que le daba tanto espíritu, rompe por la muchedumbre, se acerca a los santos mártires, les abraza, besa tiernamente sus heridas, y grita con esfuerzo fervoroso:
       «Grande es el Dios de los cristianos; poderoso es el Dios a quien adoran estos santos mártires, y por cuya gloria tienen la dicha de derramar su sangre. Siervos de Dios, héroes cristianos, yo os suplico que roguéis a Jesucristo por mí, y me consigáis la gracia, aunque soy tan grande pecador, de que tenga parte en vuestros combates y en vuestro triunfo».


   Arrojándose después a los pies de los generosos confesores, besaba sus cadenas, y levantándola voz, les decía:
       «Buen ánimo, mártires de Jesucristo; combatid por aquel que combate con vosotros; confundid a todo el infierno con vuestra fe y con vuestra constancia; pocos momentos os quedan para padecer; el combate es corto, el premio es inmenso, es eterno.»


   El gobernador Simplicio, que estaba presente, habiendo advertido lo que pasaba, dio orden para que le condujesen a su tribunal, y le preguntó quién era, y qué quería decir aquella especie de entusiasmo.

       —«Yo soy cristiano —respondió Bonifacio con tono intrépido y firme— y envidio a los bienaventurados mártires la dicha que tienen de derramar su sangre por un Dios que, hecho hombre para redimirnos, dio primero su sangre y su vida por nosotros».


   Admirado el gobernador de aquella intrepidez, le preguntó:
       «¿Cómo te llamas?»

      «Ya te lo he dicho, —respondió el santo— yo soy cristiano; pero si quieres saber mi nombre vulgar, me llamo Bonifacio».

      «Muy osado eres, —replicó el gobernador—, pues me vienes a insultar al pie de mi tribunal y a la vista de los suplicios. Ahí tienes un altar, para que aquellos de tu religión que quisieren librarse de ellos, sacrifiquen a los dioses: sacrifica tú al instante al gran Júpiter, porque si no, yo voy a dar orden para que seas atormentado de mil maneras»





       «Puedes hacer de mi lo que quisieres, —respondió el santo—, pues ya te he dicho repetidas veces que soy cristiano, y no quiero ofrecer sacrificios a los infames demonios».

   Irritado furiosamente el gobernador con esta respuesta, le mandó apalear hasta que moliesen sus huesos; y haciendo aguzar unas pequeñas astillas, ordenó que se las hincasen entre las uñas. Era el dolor vivo y agudo, pero el santo lo toleró con un semblante risueño. Juzgando Simplicio que le insultaba con aquella rara serenidad, dio orden para que le echasen en la boca plomo derretido. Persuadido Bonifacio que este tormento le quitaría el uso de la lengua, quiso prevenirle para consagrar a Dios el último ejercicio de ella; y levantando los ojos al cielo, hizo esta devota oración…


       «Te doy gracias, Señor mío Jesucristo, porque te dignaste aceptar el sacrificio que te hice de mi vida: ven, Señor, en socorro de tu siervo, perdónale todas sus maldades; sean purgadas con su sangre, y sírvale la muerte de penitencia. Fortifícame con tu gracia, y no permitas que me venzan los tormentos».

   Acabada esta oración, se volvió a los otros mártires, y con voz alta les dijo:
       «Yo os suplico, siervos de Jesucristo, que ruegues a Dios por mí».

   Todos los santos mártires se encomendaron también a sus oraciones. Se enterneció el pueblo a la vista de este espectáculo, y Bonifacio comenzó a clamar a voz en grito:
       «¡Oh qué grande es el Dios de los cristianos! ¡No hay otro Dios!; el Dios de los mártires es el único Dios verdadero. Jesucristo, Hijo de Dios, salvadnos; todos creemos en vos, tened misericordia de nosotros».

   A este tiempo el pueblo echó por tierra el altar, y comenzó a arrojar piedras contra el gobernador, que se vio precisado a retirarse y a esconderse hasta que se apaciguase la sedición.


   El santo fué conducido a la cárcel, y el dia siguiente, hallándole el juez tan firme y tan intrépido como el anterior, mandó que le echasen en una caldera de pez y aceite hirviendo. Hizo el santo mártir la señal de la cruz sobre ella, y reventando la caldera por todas partes, salieron torrentes de pez derretida, que abrasaban a los circunstantes. Espantado el gobernador del poder de Jesucristo, y temiendo otra nueva sedición, mandó que le cortasen la cabeza. Así purgó Bonifacio las culpas de su vida pasada, derramando su sangre por Jesucristo. A su muerte, que sucedió el dia 14 de mayo, se siguió inmediatamente un gran temblor de tierra, que atemorizó a los gentiles, y muchos se convirtieron.



   En este tiempo los compañeros y criados de Bonifacio, ignorantes de lo que había pasado, inquietos y cuidadosos, viendo que después de dos días no había aparecido en la posada, le andaban buscando por todas partes; y aun algunos se adelantaron a juzgar que estaría sin duda en alguna casa de juego, o quizá en otra peor. Como andaban preguntando por un extranjero, recién llegado de Roma, de mediano talle, robusto, de pelo rubio y rizado, con una capa roja, se encontraron con el hermano del carcelero, que por las señas les dijo era sin duda uno que dos días antes habían apresado por cristiano, y le habían cortado la cabeza. —¿No nos harás el favor de enseñarnos el cuerpo? —le dijeron ellos. Y él les respondió: No tenéis más que seguirme, pues todavía le hallaremos en la arena.





   Apenas le reconocieron, cuando llenos de admiración, de gozo, y de arrepentimiento por los malos juicios que habían hecho, se arrojaron a sus pies, deshaciéndose en lágrimas. Entonces la cabeza del santo mártir, con un prodigio verdaderamente extraordinario, abrió los ojos, y mirándolos a todos con una halagüeña sonrisa, los llenó de compunción y de consuelo. Después de haber satisfecho su devoción, pidieron al oficial que les permitiese llevarse el santo cuerpo: y lo consiguieron mediante quinientos escudos de oro que le dieron por él.

   Lo embalsamaron, y lo envolvieron en preciosas telas, y metiéndolo en una litera, volvieron a tomar el camino de Roma, no cesando de alabar a Dios por el dichoso fin del santo mártir.


   Por este tiempo, hallándose Aglae en oración, oyó una voz del cielo, que la dijo:
       —“El que antes era criado tuyo, ya es hermano nuestro; recíbele como a tu Señor, y colócale dignamente, porque singularmente a su intercesión deberás que Dios te perdone tus pecados”.



   Se levantó prontamente, y saltando su corazón de alegría, rindió mil gracias a Dios por la misericordia que había usado con su siervo. Rogó a algunos clérigos que la acompañasen, y salió a recibir las santas reliquias, cantando devotas oraciones por el camino, todos con velas en las manos y con prevención de aromas. Apenas habían andado un cuarto de legua, cuando llegó el cuerpo del santo mártir. No se puede explicar la veneración y las lágrimas de gozo con que fué recibido. Le enterraron en un terreno que era posesión de Aglae, y allí mismo esta hizo levantar un magnífico sepulcro, y algunos años después mandó construir un oratorio. Renunció enteramente al mundo, repartió sus bienes entre los pobres, dio libertad a sus esclavos, y no teniendo consigo más que algunas doncellas que la servían dispuso que la hiciesen una ermita junto a la capilla del santo mártir, donde vivió todavía trece años entregada a los más ejemplares ejercicios de devoción, y murió santamente, declarando el Señor la santidad de su sierva con muchos milagros.


AÑO CRISTIANO

jueves, 12 de febrero de 2026

SANTA EULALIA DE BARCELONA, virgen y mártir. (+ 304) — 12 de febrero.

 



   Al tiempo que el presidente Daciano entró en Barcelona para hacer carnicería de los cristianos, vivía retirada en una heredad de sus nobles padres una santa doncella de edad de trece años, llamada Eulalia, virgen hermosísima, y abrasada del amor de Jesucristo, a quien ya había consagrado su pureza virginal. 

   Vino a su noticia la crueldad de Daciano, y fue combatida en su corazón de dos contrarios afectos: de tristeza y alegría; de tristeza, porque temía que algunos cristianos flacos no desmayasen en la fe por temor de tan rigurosos tormentos; de alegría, porque deseaba morir por Cristo y juzgaba que era llegado el tiempo en que Dios le quería hacer tan gran merced.

   Y con este fervor y deseo del martirio, movida del Señor, se salió secretamente de casa de sus padres y se fue al tribunal del juez para reprenderle de la tiranía y crueldad que usaba con los cristianos.

   Se asombró Daciano al ver una niña como aquella, y oír su reprensión; pero volviendo luego en su acuerdo juzgó que se hallaba ya en uno de aquellos trances, más difíciles en que los mismos niños cristianos habían puesto, debajo de sus pies todo el orgullo y poderío de los tiranos de Roma. No contestó, pues, con blandas palabras, como merecía la hermosa y tierna Eulalia, sino con grandes y fieras amenazas.



   “¿Quién eres tú—le dice—, que así te atreves a menospreciar las leyes de los emperadores?”


   Respondió la valerosa y candorosa niña: “Yo soy Eulalia, sierva de Jesucristo Hijo de Dios, al cual se debe toda reverencia y adoración, y no a los ídolos vanos”.


   Rugió de coraje el presidente, y quería ver decapitada de un solo golpe a la que así hablaba, pero no le estaba bien tomar venganza en aquella débil  criatura, y ordenó, que atadas las manos fuese conducida a la cárcel para ver si podían rendirla allí con un cruel castigo de azotes.

   Desnudan, pues, el cuerpo virginal de aquella blanca paloma de Jesucristo, y con bárbara crueldad descargan sobre ella repetidos y fieros golpes hasta dejarla toda bañada en sangre.



   Pero Eulalia ni se queja ni da un solo gemido, ni muda siquiera el semblante apacible y sereno.

   Tienden luego aquel santo cuerpecito en el potro y lo atormentan con uñas de hierro, con hachas ardientes, con aceite hirviendo, con plomo derretido y con cal viva. La pusieron después en una cruz, y aun en este ignominioso suplicio prevaleció la santa virgen y dejó confusos a los verdugos y al tirano. 


    Finalmente, después de haber sido paseada por la ciudad para espantar con su vista a los cristianos, fue degollada en el campo, donde los cristianos la hallaron por la noche cubierta de nieve, y la sepultaron honoríficamente. 



*

   Reflexión: Dígame quienquiera que esto leyere, ¿de dónde le vino a la santa niña tan maravillosa e invencible constancia? Las niñas tiemblan, las niñas se estremecen a la sola vista o imaginación de tales horrores. Claro está: pertenecen al sexo débil y son lo más débil de su sexo. Confiese, pues, todo hombre de sano juicio, que aquí hay un prodigio estupendo de la virtud de Cristo, el cual escogió a una flaca criatura como Eulalia, para hacer ostentación de su fortaleza soberana contra los más poderosos enemigos de su santo Nombre.




   Oración: Te Suplicamos, Señor, nos concedas el perdón de nuestros pecados por la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Eulalia, que tanto te agradó, así por el mérito de su castidad, como por la ostentación de tu infinito poder. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

miércoles, 21 de enero de 2026

SANTA INÉS, virgen y mártir.

 


   Nació esta gloriosísima niña y fortísima mártir de Cristo de padres cristianos, ricos y nobles. 

   Catorce años tenía, y ponderaban su extraordinaria hermosura hasta en la corte imperial. Enamorado de ella el hijo del gobernador de Roma, llamado Procopio, envió a la doncella un riquísimo presente, y usó de todo linaje de halagos, promesas y amenazas para alcanzarla por esposa. 

   Respondió ella que quería ser leal a otro Esposo mucho más noble, el cual sólo le pedía por dote la virginidad. Por donde entendiendo el gobernador que Inés era cristiana, le concedió veinticuatro horas de tiempo para escoger una de dos cosas: o dar la mano a su hijo, y ser una de las primeras damas romanas, o resignarse a morir en los más afrentosos y dolorosos suplicios.



   «No es menester tanto tiempo; — respondió Inés — lo que me está mejor es morir, y coronar mi virginidad con la gloria del martirio».


   «Irás, pues, al lugar infame — replicó el prefecto — y morirás sin ser virgen».


  «Esas son las infamias que os inspiran vuestros dioses, — repuso la niña — pero no las temo, porque hay quien me librará de ellas».


   La cargaron, pues, de cadenas, y la llevaron como arrastrando al templo de los ídolos, y allí le movieron por fuerza la mano para que ofreciese incienso a los dioses, y ella al levantar la diestra hizo la señal de la cruz, por lo cual de allí fue conducida al lugar de infamia: más un resplandor celestial atajó los pasos de los mozos deshonestos que se le llegaron, y el hijo del prefecto, que osó entrar en aquel sitio, cayó repentinamente muerto. 

   Consternado el padre de este joven, rogó a Inés que, si podía, le resucitase; y la niña oró y el mancebo resucitó, confesando delante de todos que Jesucristo era Dios.

   Al ver estos prodigios, los sacerdotes de los ídolos conmovieron al pueblo contra la niña cristiana, diciendo que era una gran hechicera y sacrílega, por lo cual el teniente del gobernador dio sentencia de que fuese quemada. Se encendió la hoguera y con asombro de todos apareció la niña sin lesión en medio del fuego. 


   Entonces, temiéndose una sedición del pueblo, mandó el presidente que allí mismo fuese degollada; y atravesándole el pecho un verdugo, voló el alma de Inés a su celestial Esposo. 


   Pusieron su santo cuerpo en una heredad de sus padres, fuera de la puerta Nomentana, que ahora se llama de Santa Inés, donde muchos cristianos, concurrían a hacerle reverencia; entre ellos fue Emerenciana, virgen santísima, compañera y hermana de leche de santa Inés y reprendió en aquel lugar a los gentiles de su impiedad. Era catecúmena, y fue bautizada allí con su propia sangre. Su cuerpo fue sepultado junto con el de santa Inés.



   Reflexión: San Máximo, en un sermón que hizo de santa Inés, exclamaba: « ¡Oh virgen gloriosísima! ¡Qué ejemplo de vuestro amor habéis dejado a las vírgenes, para que os imiten! ¡Oh, cómo les enseñasteis a responder, despreciando la riqueza del siglo, desechando los deleites del mundo, amando solamente la hermosura de Cristo! Allegaos, doncellas, y en los tiernos años de la niñez, aprended a amar a Cristo con vivas llamas de amor. Dice Inés que quiere ser leal a su Esposo, y que desea a Aquél solo, que no rehusó morir por ella. Aprended, vírgenes, de Inés, que así está abrasada del amor divino tiene por nada todos los tesoros y delicias de la tierra».






   Oración: Todopoderoso y sempiterno Dios, que escoges lo más flaco para confundir a lo más fuerte; concédenos por tu clemencia que los que hoy celebramos la fiesta de la bienaventurada virgen y mártir Inés, experimentemos la virtud de su intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.