miércoles, 4 de noviembre de 2026

LOS INNUMERABLES MÁRTIRES DE ZARAGOZA. (+ 305). —3 de noviembre.

 



   La misma Reina de los ángeles, que, según el Leccionario antiquísimo de la Catedral de Zaragoza, se dignó poner su asiento y morada en esta ciudad, cuando aún vivía en carne mortal, parece que quiso ennoblecerla también con el glorioso título de ciudad real de los mártires.
  
   En la décima persecución de la Iglesia, que fue la más cruel de todas, el impío procónsul Daciano, entró en Zaragoza; y después que hubo martirizado con inauditos suplicios al fortísimo diácono san Vicente, y derramado la sangre de santa Engracia y de diez y ocho ilustres varones: viendo que con tales castigos no amedrentaban a los cristianos, imaginó un artificio sobremanera cruel e inhumano para conseguir su total exterminio. 



                        SANTA ENGRACIA



                       SAN VICENTE-DIACONO





   Hizo publicar a son de trompeta por toda la ciudad un edicto, en que concedía amplia licencia para que todos los ciudadanos que profesaban la fe de Cristo pudiesen salir de la población y pasar a vivir en cualquiera otra parte que quisiesen: y que si alguno quedase, experimentaría el rigor de la ley imperial.


   Este decreto fue recibido de todos los cristianos con singular alegría, creyendo que cesaba en parte la persecución; y que en cualquier otro pueblo podrían vivir según su fe.
  
   Les obligó a salir por determinada puerta, y a la misma hora. Era de ver aquella muchedumbre innumerable de hombres y mujeres, desterrándose con gozo de sus hogares por no abandonar la fe de Cristo.


   Estando ya todos en las afueras de la ciudad, los soldados y ministros de Daciano, escondidos y puestos en acecho, se arrojaron como sangrientos lobos sobre aquel numeroso rebaño de inocentes corderos.

   A unos cortan la cabeza, a otros les traspasan el corazón, a todos los despedazan con furor infernal, cubriendo, en breve tiempo, aquellos campos de sangre y de cadáveres horriblemente mutilados.





   Manda luego el sacrílego procónsul juntar en un montón todos aquellos sagrados cuerpos para abrasarlos y reducirlos a ceniza; y con el intento de impedir que los cristianos las recogiesen y venerasen, hacen matar y quemar a todos los crimínales que había en las cárceles, y mezclar sus cenizas con las de los cristianos.







    Más, por un admirable portento de la mano de Dios, se separaron las unas de las otras, formando las de los santos unas masas de una blancura extraordinaria. Se conservan aún en nuestros días estas reliquias, llamadas Las santas Masas, en la cuales se echan de ver algunas señales de color de sangre.

RELIQUIAS LLAMADAS LAS SANTAS MASAS

   
   Reflexión:- ¡Qué diferencia entre la conducta de los innumerables mártires de Zaragoza y la nuestra!

   La caridad estaba de tal manera arraigada en sus corazones, que ni las promesas, ni las amenazas, ni los suplicios, ni la misma muerte podía debilitar su valor.

   Es que entonces reinaba el verdadero espíritu del cristianismo: y se templaban constantemente los ánimos con el rigor de la austeridad y penitencia cristianas.

   ¿Qué mucho que salgas una y otra vez derrotado en el combate que sostienes con tus pasiones, si te preparas a la lucha por medio de regalos y placeres? ¿Quieres salir vencedor?





   Pues practica la penitencia y austeridad cristianas: y procura que estas virtudes aparezcan en la sencillez de tus vestidos, en la frugalidad de tu mesa, en la supresión de los deleites y de cuanto debilita el vigor propio de los que siguen al Crucificado. 





   Oración: Mirad, Señor, a vuestra familia, y concedednos que, amparada con la intercesión de los santos innumerables mártires, sea preservada de toda culpa. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA-1946

sábado, 31 de octubre de 2026

SAN QUINTÍN, mártir. (287). —31 de octubre.

 




   Fue san Quintín hijo de un senador romano llamado Zenón, muy conocido en Roma por sus grandes riquezas y por su valimiento con los emperadores.

  Desde el día que recibió su bautismo, que fue, a lo que se cree, hacia el fin del pontificado de san Eutiquiano, a quien sucedió san Cayo, prendió en su corazón un fuego de amor de Jesucristo tan ardiente, que hubiera querido abrasar con él todos los corazones y reducir a cenizas todos los ídolos.

   Se ofreció al papa san Cayo para llevar la fe a los idólatras de las Galias, y el santo pontífice alabó su celo y le dio por compañero a san Luciano, y con éste y otros muchos fervorosos fieles que también quisieron acompañarle, partió a aquella apostólica expedición.

   Con san Luciano predicó el Evangelio en los pueblos que halló a su paso hasta llegar a la ciudad de Amiens, a las riberas del Soma.

  Allí se separaron, pasando san Luciano a plantar la fe en Beauvais, y quedándose en Amiens nuestro santo, el cual con su elocuencia y milagros en breve tiempo formó allí una de las más florecientes Iglesias de las Galias.

 De todas partes acudían a él los enfermos, y con sólo invocar sobre ellos el nombre de Jesús les daba la salud del cuerpo y juntamente la del alma.

 Venían al santo los ciegos conducidos por sus guías, y se volvían sin ellos a sus casas: venían los cojos y paralíticos, y se volvían sin muletas ni apoyo alguno.


          

   Pero los sacerdotes de los ídolos que veían ya desiertos sus templos, vacías de ofrendas y cubiertas de polvo sus aras, acudieron a Riccio Varo, que acababa de ser nombrado prefecto de las Galias y era encarnizado enemigo de la Iglesia; éste, para satisfacer el odio mortal que tenía al nombre cristiano, pasó a Amiens, donde hizo prender al santo, y ejecutó en él toda su bárbara crueldad: le mandó azotar rigurosamente sin respetar su nobleza, ni el privilegio de ciudadano romano de que el santo gozaba; y como los verdugos que le azotaban cayesen en tierra como muertos, el presidente renegando de la magia cristiana a la cual atribuía aquel suceso, ordenó que encerrasen al mártir en un lóbrego calabozo; pero se llenó de luz celestial aquel lugar oscuro, y hacia la media noche se cayeron las cadenas del santo hechas pedazos, y al amanecer se halló el preso en medio de la plaza de la ciudad, donde comenzó a predicar con tan grande espíritu de Dios; que convirtió a mucha gente, y al mismo alcaide y los soldados de la guardia que le buscaban.  





   Espantado de esto Riccio Varo, pero no convertido, le hizo prender de nuevo, y después de ponerle en la tortura, y desgarrarle las carnes, rociárselas con aceite hirviendo, y abrasarle todo el cuerpo con hachas encendidas, viendo que aquella fortaleza sobrehumana conmovía a toda la ciudad de Amiens y amenazaba tumulto, mandó que cortasen al santo la cabeza. 



TORTURAS DEL SANTO: 










   
   Reflexión: Gran maravilla fue que desde que recibió san Quintín el bautismo, se abrasase en tanto celo de la conversión de los gentiles: pero no es cosa rara, sino efecto ordinario de la gracia de Jesucristo, el sentir un pecador que de veras se convierte, gran deseo de la conversión de los demás, porque queda su alma tan esclarecida con la luz sobrenatural de la fe, y su corazón tan satisfecho y tranquilo en su centro que es Dios, que quisiera que todos los hombres gozasen de esta misma dicha, y así fuese más glorificado Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe.





  Oración: Te rogamos, ¡oh Dios todopoderoso! que cuantos veneramos el nacimiento para la gloria de tu bienaventurado Quintín, mártir, por su intercesión, crezca en nosotros el amor de su santo nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


MANO DE SAN QUINTÍN



 


SEPULCRO DE SAN QUINTÍN- FRANCIA.



                     


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA- 1949.

lunes, 5 de octubre de 2026

SAN PLÁCIDO, Y SUS COMPAÑEROS, MÁRTIRES—5 de octubre.

 



   En el tiempo que el glorioso patriarca san Benito resplandecía en el mundo y le alumbraba con su santísima vida y milagros, y con la institución de su religión, vivía, en Roma Tértulo, caballero y señor ilustrísimo y riquísimo, y después de los emperadores de muy alta dignidad. Tuvo este caballero por hijos a Plácido, Eutiquio, Victorino y Flavia; y como era no menos piadoso que poderoso, entendiendo las grandezas y obras maravillosas que Dios obraba por san Benito, y deseando que su hijo Plácido (que era el mayor) se criase en toda virtud y en el santo temor del Señor, le ofreció, siendo de siete años, a san Benito, suplicándole que le instituyese de su mano y le enseñase el camino derecho de la bienaventuranza. Quedó Plácido con su santo maestro; y era tan dócil y tan bien inclinado, que comenzó luego en aquella tierna edad a aprovechar mucho en la virtud.

 



   Amaba la abstinencia, abrazaba las vigilias, los ayunos y asperezas; era muy humilde y muy puntual en la obediencia, modesto, callado, vergonzoso, y en el seso y compostura parecía viejo.

 

   Le tomó particular amor san Benito por su nobleza y buena condición, y mucho más porque en tan pocos años se aventajaba tanto en toda perfección. No se contentó Tértulo de haber ofrecido su hijo al santo; mas habiendo entendido que fundaba un monasterio en Monte Casino, le hizo donación de muchas tierras, pagos y heredades que allí cerca tenía, y demás de éstos le dio diez y ocho villas o cortijos en Sicilia, con puertos, bosques, ríos, pesquerías y molinos. Tanta fué la piedad de este caballero, y tan persuadido estaba que aquella donación tan liberal, hecha para fundar monasterios y sustentar a los siervos de Dios, era acepta al Señor, que le había dado a él aquellos bienes. Como en Sicilia se supo lo que Tértulo había dado a los monjes, no faltó quien por codicia procuró apoderarse de aquellas heredades, y de tiranizarlas con fuerza y violencia, como si por haberse dado a la religión fueran mal dadas, o Dios, nuestro Señor, no tuviese cuenta con los agravios que se hacen a sus siervos. Cuando tuvo noticia el padre san Benito de lo que pasaba en Sicilia determinó de enviar a ella a Plácido, porque, aunque era mozo de veintiún años, por su gran religión y cordura, y por ser hijo de Tértulo, juzgó que podría mejor que otro amparar aquellos bienes y sacarlos de las uñas de los que ya se habían entregado en ellos. El santo mozo, como hijo de obediencia, aceptó la ida, y acompañado de dos familiares, Gordiano y Donato, salió de Monte Casino en 20 días de mayo, año del Señor de 536. Llegó a Capua, donde fué recibido con mucha caridad de san Germán, obispo de la misma ciudad, y de allí siguió camino por Canosa (que es en la provincia de Apulla), y por Rijoles, hasta llegar a Sicilia. Por todo el camino hizo grandes milagros: sanó a un sacerdote de la iglesia de Capua, llamado Zofas, que estaba muy enfermo de la cabeza, y a un ciego, haciendo la señal de la cruz sobre sus ojos, y a un niño que estaba a punto de expirar, y a una doncella, ciega, sorda y muda. Lanzó muchos demonios de los cuerpos, y á otros muchos que estaban dolientes de varias enfermedades y sin esperanza de salud se la restituyó el santo mozo con sus oraciones. De manera que la fama de san Plácido se divulgó por doquiera que iba; y así cuando llegó a Sicilia fué recibido con grande reverencia y admiración, y como un ángel venido del cielo; y en la misma isla de Sicilia obró también muchos y grandes milagros en beneficio de los moradores de aquella tierra.

 



   Llegó a la ciudad de Mesina, y queriéndole tener en su casa un caballero principal y muy grande amigo de su padre, que se llamaba Mesalino, no quiso estar más de sólo un día en ella, diciendo que los monjes no han de estar aposentados en casa de seglares, porque el trato de los unos y de los otros es diferente. Se concertó con los que habían usurpado las villas y tierras quo habían sido de su padre y eran ya de su orden, de manera que ellos estuviesen con buena conciencia y su religión no fuese agraviada. Comenzó allí cerca del puerto de Mesina a edificar un monasterio para sus religiosos y un oratorio a san Juan Bautista, el cual fué consagrado por el obispo de Mesina, y la obra del monasterio se acabó al cuarto año después de su venida a Sicilia. Fué tan perfecta la vida de Plácido y sus palabras tan encendidas en el divino amor, que acompañadas con los milagros que Dios obraba por él inflamaban los corazones de muchos para que, aborreciendo los estados vanos del mundo y los deleites y regalos dañosos de la carne, libremente se diesen a Dios.

 

   Se empleaba san Plácido en continua oración y meditación, y regalaba su espíritu en el Señor derramando muchas lágrimas. En la cuaresma, los domingos, martes y jueves ayunaba a pan y agua; los demás días no comía cosa alguna, y en todo el año no bebía vino. Traía un cilicio a raíz de sus carnes. Su sueño era breve y ligero, y más asentado que echado. Era manso, grave y benigno; y nunca se vio airado. No hablaba sino cuando la necesidad lo pedía, o para consolar a los monjes, o los pobres, o para negocio forzoso y de caridad. Con esta vida tan áspera y tan perfecta trajo muchos a la religión, y en breve tiempo se juntaron con él otros treinta religiosos que florecían con grande ejemplo de santidad, y la religión del padre san Benito se iba propagando en el mundo.

 

PLÁCIDO Y SUS HERMANOS EUTIQUIO, VICTORINO Y FLAVIA. 


   Se publicó en Roma como estaba san Plácido en Sicilia, la vida que hacía, el monasterio que había fundado y los milagros que Dios obraba por él; y sus hermanos Eutiquio, Victorino y Flavia su hermana con deseo de verle (porque no le habían visto desde que su padre Tértulo le entregó á san Benito) navegaron a Sicilia, donde le hallaron y fueron de él recibidos con singular gozo y alegría, alabando al Señor porque les había dado tal hermano que tan de veras le servía. Se detuvieron en aquel monasterio algunos días, y para que se entiendan los caminos que toma Dios para llevar los hombres al cielo y coronarlos de gloria, permitió que un moro, capitán de Abdala, rey africano, que se llamaba Mamucha, saliese a este tiempo a infestar la costa de Sicilia y hacer guerra a los cristianos. Traía una armada de cien navíos, y en ellos diez y seis mil y ochocientos hombres de pelea. Llegaron al puerto de Mesina, y como el monasterio de San Juan Bautista estaba cerca de la marina, dieron de repente en él, y con ímpetu de bárbaros quebraron las puertas y pusieron prisioneros a cuantos en él estaban. San Plácido, con sus hermanos Eutiquio, Victorino y Flavia, con Donato, Fausto y Firmato, diácono, y con los treinta monjes, fueron llevados en cadenas delante de Mamucha, hombre feroz y bárbaro, y más fiero que un tigre. El cual, después que con amenazas y espantos no pudo persuadirles que renegasen de nuestro Señor Jesucristo, los mandó crudamente azotar y encerrarlos en una cárcel, y que allí no les diesen de comer, y les diesen de palos y azotes, y los colgasen en alto de los pies, y les diesen humo en los rostros Después de este tormento mandó dar a cada uno un poco de cebada y agua para que se sustentasen, y no muriendo durase más el tormento. Todos estaban con grande paciencia, constancia y alegría en sus penas, confesando y alabando al Señor por ver que padecían por su amor y por la confesión de su fe, siendo san Plácido el que, como capitán esforzado, iba delante y con su ejemplo los animaba. También la santa doncella Flavia, su hermana, entre los otros mostró gran fortaleza y valor del cielo, porque teniéndola desnuda y levantada en alto, y despedazando sus carnes, y preguntándole el bárbaro tirano cómo siendo persona tan ilustre y romana podía sufrir aquella ignominia y desnudez, ella le respondió que por amor de Jesucristo todos los tormentos le serían dulces y la muerte vida. Y visto que con tormentos no la podían vencer, pretendió que algunos de sus sayones más desvergonzados y atrevidos la forzasen y la diesen el mayor tormento que la santa virgen podía recibir. Pero ella hizo oración a Dios, y el Señor, que es tan amigo de la castidad, la defendió de manera que todos los que querían llegarse a ella quedaron mancos y tullidos, y con esto la dejaron. Cada día mandaba Mamucha traer a los santos delante de sí y darles nuevos tormentos; y porque una vez vio que san Plácido estaba muy regocijado en las penas y alababa a Dios, le mandó dar muchos golpes en la boca con una piedra, y viendo que no bastaba esto para que el santo cesase en las alabanzas de Dios, le hizo cortar la lengua; mas después de cortada hablaba mejor y proseguía los loores del Señor, haciéndole gracias por lo que en su nombre padecía. Los tuvo toda una noche colgados y atados, cargando sobre sus piernas áncoras y piedras de grande peso, y finalmente los mandó degollar, declarando en la sentencia que los hacía morir porque adoraban y tenían por Dios a Cristo crucificado. Los llevaron a la marina, e hizo san Plácido oración al Señor, suplicándole por los méritos é intercesión de san Benito, su maestro, que les diese constancia para pasar aquel trago de muerte y llegar al puerto de la bienaventuranza; y respondiendo todos sus compañeros amén, rindieron el cuello al cuchillo y fueron descabezados, y sus cuerpos estuvieron allí cuatro días sin que se les diese sepultura.




   Destruyeron los bárbaros el monasterio sin dejar piedra sobre piedra, aunque no tocaron a la iglesia de San Juan Bautista, y entrando en sus navíos se partieron para seguir su viaje. Pero el Señor envió luego una tormenta tan brava y horrible, que allí en el faro y estrecho que hay entre Mesina y Calabria se hundieron los cien navíos, y se ahogaron las diez y seis mil y ochocientas personas que en ellos venían. Después Gordiano, que fué uno de los dos compañeros que habían venido con san Plácido del Monte Casino, y solo (por ser mozo y estar cerca de un postigo cuando vinieron los bárbaros) se había escapado, sepultó el cuerpo de san Plácido en la iglesia de San Juan Bautista, y los cuerpos de los otros treinta y tres mártires en el lugar donde fueron degollados. En la una parte y en la otra hizo Dios muchos milagros, sanando a los enfermos que de todas partes venían a pedir salud por intercesión de san Plácido y de sus benditos compañeros.

 



   Fué su martirio el 5 de octubre, a los trece años del imperio de Justiniano, y el año del Señor de 541, según Gordiano, que fué el autor de la historia, y según el cardenal Baronio en las Anotaciones enmendadas de la postrera impresión el año de 1598. Era san Plácido de veintiséis años cuando murió; y cuando el glorioso padre san Benito supo el martirio de su hijo querido y de sus santos compañeros, se alegró por extremo e hizo gracias al Señor, que le había dado tal hijo, y a él le había coronado con la corona del martirio, y puéstole por ejemplo y dechado en su religión y en toda la Iglesia.

 

   De san Plácido escriben todos los martirologios, y León Ostiense, Casiano, Tritemio y el cardenal Baronio en las Anotaciones del Martirologio y en el tomo VII de sus Anales. Y el sumo pontífice Sixto V el año del Señor de 1588, que fué el cuarto de su pontificado, mandó que se celebrase su fiesta en toda la Iglesia católica con oficio simple, y en la iglesia de Mesina de san Juan Bautista, donde están sus sagradas reliquias, con oficio doble.

 

 

LA

LEYENDA DE ORO. (Tomo IV)

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

SANTA TECLA, virgen y protomártir. (+ hacia el fin del siglo I). —23 de setiembre.

 


 
   La esclarecida virgen y protomártir santa Tecla nació de ilustres padres en Iconio de Licaonia.

   Hallábase en dicha ciudad cuando llegó a ella el apóstol san Pablo a predicar el Evangelio.

   A la fama de la nueva doctrina, acudió Tecla a oír las enseñanzas del apóstol, y quedó tan convencida de la verdad de la fe cristiana y tan enamorada de la castidad por las alabanzas que de ella oyó, que desde luego resolvió firmemente consagrar su virginidad a Dios, renunciando al matrimonio que sus padres tenían ya concertado con un joven muy noble y bien apuesto, por nombre Tamiris.





  

 Y no se contentó con entablar ella sola una vida de oración y recogimiento conforme a las prescripciones del santo apóstol; sino que atrajo al mismo género de vida a gran número de doncellas.

   Bajo la disciplina de Tecla alcanzaron sublime grado de santidad, entre otras, dos matronas llamadas Trifena y Trifosa.

   Tanto los padres de Tecla como el joven Tamiris llevaron tan a mal que la santa, por seguir una ley nueva de tanta abnegación y humildad, renunciase a las bodas, que la acusaron ante el juez de que era cristiana.

   Mandó este encender una grande hoguera, amenazando a la santa virgen con arrojarla a ella, si no abandonaba su fe; pero Tecla movida por interior espíritu, hecha la señal de la cruz, se precipitó en medio de las llamas, mostrando estar ella más pronta a padecer aquel tormento que el juez a dárselo.

   En aquel mismo punto cayó una abundante lluvia, que apagó el fuego, dejando libre y sin lesión a la santa.








   La condujeron entonces a Antioquía, en donde se tentó una y otra vez su invencible constancia: porque, en primer lugar, fué arrojada a las fieras; mas por gracia de su señor y esposo Jesucristo no recibió de ellas daño alguno.

   Entonces se la ató fuertemente a dos toros, a los cuales se hizo correr en dirección contraria a fin de que dividiesen en dos partes el cuerpo de la santa virgen; pero tampoco alcanzaron los gentiles su malvado intento.






  

 Finalmente la metieron en una hoya llena de serpientes; y ninguna le causó la más leve molestia.

   Librada milagrosamente de tantos peligros, volvió Tecla, más firme que nunca, a su patria; y abandonando la comunicación y trato con los hombres, se entregó a la contemplación y amor de las cosas celestiales; para lo cual se retiró a la escabrosidad de un monte, y pasó allí sola el largo tiempo que le quedaba de vida, pues llegó a los noventa años de edad.





   Fué sepultada en Seleuecia; y en todo el oriente se tuvo a esta santa en gran veneración, viéndose su sepulcro frecuentado de gran concurso de gentes.


   Le visitó san Gregorio Nazianzeno, y tanto él como otros santos padres ensalzaron las virtudes y santidad de Tecla de palabra y por escrito, honrándola con el renombre de protomártir, por haber sido la primera de las mujeres que por la confesión de la fe cristiana fué condenada al tormento.




Reflexión: Se maravillan muchos de la invencible fortaleza con que tantas delicadas vírgenes padecieron los más atroces tormentos: mas ¿cómo no habían de animarse al martirio, viendo que su protomártir santa Tecla, revestida de la virtud de Dios, vencía a todos los tiranos y atormentadores y aun salía ilesa de todos los suplicios?





   Con tal auxilio de la gracia se explica la fortaleza de los mártires, y con tales martirios y prodigios, quedó admirablemente sellada la divinidad de nuestra santa fe católica.




Oración: Oh Dios, por la gloria de cuyo nombre sufrió con fe nunca vencida el gran combate de los tormentos la bienaventurada virgen Tecla, la primera mártir entre las mujeres; concédenos que a imitación suya sepamos despreciar las prosperidades del mundo y no temer ninguna de sus adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.