lunes, 5 de octubre de 2026

SAN PLÁCIDO, Y SUS COMPAÑEROS, MÁRTIRES—5 de octubre.

 



   En el tiempo que el glorioso patriarca san Benito resplandecía en el mundo y le alumbraba con su santísima vida y milagros, y con la institución de su religión, vivía, en Roma Tértulo, caballero y señor ilustrísimo y riquísimo, y después de los emperadores de muy alta dignidad. Tuvo este caballero por hijos a Plácido, Eutiquio, Victorino y Flavia; y como era no menos piadoso que poderoso, entendiendo las grandezas y obras maravillosas que Dios obraba por san Benito, y deseando que su hijo Plácido (que era el mayor) se criase en toda virtud y en el santo temor del Señor, le ofreció, siendo de siete años, a san Benito, suplicándole que le instituyese de su mano y le enseñase el camino derecho de la bienaventuranza. Quedó Plácido con su santo maestro; y era tan dócil y tan bien inclinado, que comenzó luego en aquella tierna edad a aprovechar mucho en la virtud.

 



   Amaba la abstinencia, abrazaba las vigilias, los ayunos y asperezas; era muy humilde y muy puntual en la obediencia, modesto, callado, vergonzoso, y en el seso y compostura parecía viejo.

 

   Le tomó particular amor san Benito por su nobleza y buena condición, y mucho más porque en tan pocos años se aventajaba tanto en toda perfección. No se contentó Tértulo de haber ofrecido su hijo al santo; mas habiendo entendido que fundaba un monasterio en Monte Casino, le hizo donación de muchas tierras, pagos y heredades que allí cerca tenía, y demás de éstos le dio diez y ocho villas o cortijos en Sicilia, con puertos, bosques, ríos, pesquerías y molinos. Tanta fué la piedad de este caballero, y tan persuadido estaba que aquella donación tan liberal, hecha para fundar monasterios y sustentar a los siervos de Dios, era acepta al Señor, que le había dado a él aquellos bienes. Como en Sicilia se supo lo que Tértulo había dado a los monjes, no faltó quien por codicia procuró apoderarse de aquellas heredades, y de tiranizarlas con fuerza y violencia, como si por haberse dado a la religión fueran mal dadas, o Dios, nuestro Señor, no tuviese cuenta con los agravios que se hacen a sus siervos. Cuando tuvo noticia el padre san Benito de lo que pasaba en Sicilia determinó de enviar a ella a Plácido, porque, aunque era mozo de veintiún años, por su gran religión y cordura, y por ser hijo de Tértulo, juzgó que podría mejor que otro amparar aquellos bienes y sacarlos de las uñas de los que ya se habían entregado en ellos. El santo mozo, como hijo de obediencia, aceptó la ida, y acompañado de dos familiares, Gordiano y Donato, salió de Monte Casino en 20 días de mayo, año del Señor de 536. Llegó a Capua, donde fué recibido con mucha caridad de san Germán, obispo de la misma ciudad, y de allí siguió camino por Canosa (que es en la provincia de Apulla), y por Rijoles, hasta llegar a Sicilia. Por todo el camino hizo grandes milagros: sanó a un sacerdote de la iglesia de Capua, llamado Zofas, que estaba muy enfermo de la cabeza, y a un ciego, haciendo la señal de la cruz sobre sus ojos, y a un niño que estaba a punto de expirar, y a una doncella, ciega, sorda y muda. Lanzó muchos demonios de los cuerpos, y á otros muchos que estaban dolientes de varias enfermedades y sin esperanza de salud se la restituyó el santo mozo con sus oraciones. De manera que la fama de san Plácido se divulgó por doquiera que iba; y así cuando llegó a Sicilia fué recibido con grande reverencia y admiración, y como un ángel venido del cielo; y en la misma isla de Sicilia obró también muchos y grandes milagros en beneficio de los moradores de aquella tierra.

 



   Llegó a la ciudad de Mesina, y queriéndole tener en su casa un caballero principal y muy grande amigo de su padre, que se llamaba Mesalino, no quiso estar más de sólo un día en ella, diciendo que los monjes no han de estar aposentados en casa de seglares, porque el trato de los unos y de los otros es diferente. Se concertó con los que habían usurpado las villas y tierras quo habían sido de su padre y eran ya de su orden, de manera que ellos estuviesen con buena conciencia y su religión no fuese agraviada. Comenzó allí cerca del puerto de Mesina a edificar un monasterio para sus religiosos y un oratorio a san Juan Bautista, el cual fué consagrado por el obispo de Mesina, y la obra del monasterio se acabó al cuarto año después de su venida a Sicilia. Fué tan perfecta la vida de Plácido y sus palabras tan encendidas en el divino amor, que acompañadas con los milagros que Dios obraba por él inflamaban los corazones de muchos para que, aborreciendo los estados vanos del mundo y los deleites y regalos dañosos de la carne, libremente se diesen a Dios.

 

   Se empleaba san Plácido en continua oración y meditación, y regalaba su espíritu en el Señor derramando muchas lágrimas. En la cuaresma, los domingos, martes y jueves ayunaba a pan y agua; los demás días no comía cosa alguna, y en todo el año no bebía vino. Traía un cilicio a raíz de sus carnes. Su sueño era breve y ligero, y más asentado que echado. Era manso, grave y benigno; y nunca se vio airado. No hablaba sino cuando la necesidad lo pedía, o para consolar a los monjes, o los pobres, o para negocio forzoso y de caridad. Con esta vida tan áspera y tan perfecta trajo muchos a la religión, y en breve tiempo se juntaron con él otros treinta religiosos que florecían con grande ejemplo de santidad, y la religión del padre san Benito se iba propagando en el mundo.

 

PLÁCIDO Y SUS HERMANOS EUTIQUIO, VICTORINO Y FLAVIA. 


   Se publicó en Roma como estaba san Plácido en Sicilia, la vida que hacía, el monasterio que había fundado y los milagros que Dios obraba por él; y sus hermanos Eutiquio, Victorino y Flavia su hermana con deseo de verle (porque no le habían visto desde que su padre Tértulo le entregó á san Benito) navegaron a Sicilia, donde le hallaron y fueron de él recibidos con singular gozo y alegría, alabando al Señor porque les había dado tal hermano que tan de veras le servía. Se detuvieron en aquel monasterio algunos días, y para que se entiendan los caminos que toma Dios para llevar los hombres al cielo y coronarlos de gloria, permitió que un moro, capitán de Abdala, rey africano, que se llamaba Mamucha, saliese a este tiempo a infestar la costa de Sicilia y hacer guerra a los cristianos. Traía una armada de cien navíos, y en ellos diez y seis mil y ochocientos hombres de pelea. Llegaron al puerto de Mesina, y como el monasterio de San Juan Bautista estaba cerca de la marina, dieron de repente en él, y con ímpetu de bárbaros quebraron las puertas y pusieron prisioneros a cuantos en él estaban. San Plácido, con sus hermanos Eutiquio, Victorino y Flavia, con Donato, Fausto y Firmato, diácono, y con los treinta monjes, fueron llevados en cadenas delante de Mamucha, hombre feroz y bárbaro, y más fiero que un tigre. El cual, después que con amenazas y espantos no pudo persuadirles que renegasen de nuestro Señor Jesucristo, los mandó crudamente azotar y encerrarlos en una cárcel, y que allí no les diesen de comer, y les diesen de palos y azotes, y los colgasen en alto de los pies, y les diesen humo en los rostros Después de este tormento mandó dar a cada uno un poco de cebada y agua para que se sustentasen, y no muriendo durase más el tormento. Todos estaban con grande paciencia, constancia y alegría en sus penas, confesando y alabando al Señor por ver que padecían por su amor y por la confesión de su fe, siendo san Plácido el que, como capitán esforzado, iba delante y con su ejemplo los animaba. También la santa doncella Flavia, su hermana, entre los otros mostró gran fortaleza y valor del cielo, porque teniéndola desnuda y levantada en alto, y despedazando sus carnes, y preguntándole el bárbaro tirano cómo siendo persona tan ilustre y romana podía sufrir aquella ignominia y desnudez, ella le respondió que por amor de Jesucristo todos los tormentos le serían dulces y la muerte vida. Y visto que con tormentos no la podían vencer, pretendió que algunos de sus sayones más desvergonzados y atrevidos la forzasen y la diesen el mayor tormento que la santa virgen podía recibir. Pero ella hizo oración a Dios, y el Señor, que es tan amigo de la castidad, la defendió de manera que todos los que querían llegarse a ella quedaron mancos y tullidos, y con esto la dejaron. Cada día mandaba Mamucha traer a los santos delante de sí y darles nuevos tormentos; y porque una vez vio que san Plácido estaba muy regocijado en las penas y alababa a Dios, le mandó dar muchos golpes en la boca con una piedra, y viendo que no bastaba esto para que el santo cesase en las alabanzas de Dios, le hizo cortar la lengua; mas después de cortada hablaba mejor y proseguía los loores del Señor, haciéndole gracias por lo que en su nombre padecía. Los tuvo toda una noche colgados y atados, cargando sobre sus piernas áncoras y piedras de grande peso, y finalmente los mandó degollar, declarando en la sentencia que los hacía morir porque adoraban y tenían por Dios a Cristo crucificado. Los llevaron a la marina, e hizo san Plácido oración al Señor, suplicándole por los méritos é intercesión de san Benito, su maestro, que les diese constancia para pasar aquel trago de muerte y llegar al puerto de la bienaventuranza; y respondiendo todos sus compañeros amén, rindieron el cuello al cuchillo y fueron descabezados, y sus cuerpos estuvieron allí cuatro días sin que se les diese sepultura.




   Destruyeron los bárbaros el monasterio sin dejar piedra sobre piedra, aunque no tocaron a la iglesia de San Juan Bautista, y entrando en sus navíos se partieron para seguir su viaje. Pero el Señor envió luego una tormenta tan brava y horrible, que allí en el faro y estrecho que hay entre Mesina y Calabria se hundieron los cien navíos, y se ahogaron las diez y seis mil y ochocientas personas que en ellos venían. Después Gordiano, que fué uno de los dos compañeros que habían venido con san Plácido del Monte Casino, y solo (por ser mozo y estar cerca de un postigo cuando vinieron los bárbaros) se había escapado, sepultó el cuerpo de san Plácido en la iglesia de San Juan Bautista, y los cuerpos de los otros treinta y tres mártires en el lugar donde fueron degollados. En la una parte y en la otra hizo Dios muchos milagros, sanando a los enfermos que de todas partes venían a pedir salud por intercesión de san Plácido y de sus benditos compañeros.

 



   Fué su martirio el 5 de octubre, a los trece años del imperio de Justiniano, y el año del Señor de 541, según Gordiano, que fué el autor de la historia, y según el cardenal Baronio en las Anotaciones enmendadas de la postrera impresión el año de 1598. Era san Plácido de veintiséis años cuando murió; y cuando el glorioso padre san Benito supo el martirio de su hijo querido y de sus santos compañeros, se alegró por extremo e hizo gracias al Señor, que le había dado tal hijo, y a él le había coronado con la corona del martirio, y puéstole por ejemplo y dechado en su religión y en toda la Iglesia.

 

   De san Plácido escriben todos los martirologios, y León Ostiense, Casiano, Tritemio y el cardenal Baronio en las Anotaciones del Martirologio y en el tomo VII de sus Anales. Y el sumo pontífice Sixto V el año del Señor de 1588, que fué el cuarto de su pontificado, mandó que se celebrase su fiesta en toda la Iglesia católica con oficio simple, y en la iglesia de Mesina de san Juan Bautista, donde están sus sagradas reliquias, con oficio doble.

 

 

LA

LEYENDA DE ORO. (Tomo IV)

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

SANTA TECLA, virgen y protomártir. (+ hacia el fin del siglo I). —23 de setiembre.

 


 
   La esclarecida virgen y protomártir santa Tecla nació de ilustres padres en Iconio de Licaonia.

   Hallábase en dicha ciudad cuando llegó a ella el apóstol san Pablo a predicar el Evangelio.

   A la fama de la nueva doctrina, acudió Tecla a oír las enseñanzas del apóstol, y quedó tan convencida de la verdad de la fe cristiana y tan enamorada de la castidad por las alabanzas que de ella oyó, que desde luego resolvió firmemente consagrar su virginidad a Dios, renunciando al matrimonio que sus padres tenían ya concertado con un joven muy noble y bien apuesto, por nombre Tamiris.





  

 Y no se contentó con entablar ella sola una vida de oración y recogimiento conforme a las prescripciones del santo apóstol; sino que atrajo al mismo género de vida a gran número de doncellas.

   Bajo la disciplina de Tecla alcanzaron sublime grado de santidad, entre otras, dos matronas llamadas Trifena y Trifosa.

   Tanto los padres de Tecla como el joven Tamiris llevaron tan a mal que la santa, por seguir una ley nueva de tanta abnegación y humildad, renunciase a las bodas, que la acusaron ante el juez de que era cristiana.

   Mandó este encender una grande hoguera, amenazando a la santa virgen con arrojarla a ella, si no abandonaba su fe; pero Tecla movida por interior espíritu, hecha la señal de la cruz, se precipitó en medio de las llamas, mostrando estar ella más pronta a padecer aquel tormento que el juez a dárselo.

   En aquel mismo punto cayó una abundante lluvia, que apagó el fuego, dejando libre y sin lesión a la santa.








   La condujeron entonces a Antioquía, en donde se tentó una y otra vez su invencible constancia: porque, en primer lugar, fué arrojada a las fieras; mas por gracia de su señor y esposo Jesucristo no recibió de ellas daño alguno.

   Entonces se la ató fuertemente a dos toros, a los cuales se hizo correr en dirección contraria a fin de que dividiesen en dos partes el cuerpo de la santa virgen; pero tampoco alcanzaron los gentiles su malvado intento.






  

 Finalmente la metieron en una hoya llena de serpientes; y ninguna le causó la más leve molestia.

   Librada milagrosamente de tantos peligros, volvió Tecla, más firme que nunca, a su patria; y abandonando la comunicación y trato con los hombres, se entregó a la contemplación y amor de las cosas celestiales; para lo cual se retiró a la escabrosidad de un monte, y pasó allí sola el largo tiempo que le quedaba de vida, pues llegó a los noventa años de edad.





   Fué sepultada en Seleuecia; y en todo el oriente se tuvo a esta santa en gran veneración, viéndose su sepulcro frecuentado de gran concurso de gentes.


   Le visitó san Gregorio Nazianzeno, y tanto él como otros santos padres ensalzaron las virtudes y santidad de Tecla de palabra y por escrito, honrándola con el renombre de protomártir, por haber sido la primera de las mujeres que por la confesión de la fe cristiana fué condenada al tormento.




Reflexión: Se maravillan muchos de la invencible fortaleza con que tantas delicadas vírgenes padecieron los más atroces tormentos: mas ¿cómo no habían de animarse al martirio, viendo que su protomártir santa Tecla, revestida de la virtud de Dios, vencía a todos los tiranos y atormentadores y aun salía ilesa de todos los suplicios?





   Con tal auxilio de la gracia se explica la fortaleza de los mártires, y con tales martirios y prodigios, quedó admirablemente sellada la divinidad de nuestra santa fe católica.




Oración: Oh Dios, por la gloria de cuyo nombre sufrió con fe nunca vencida el gran combate de los tormentos la bienaventurada virgen Tecla, la primera mártir entre las mujeres; concédenos que a imitación suya sepamos despreciar las prosperidades del mundo y no temer ninguna de sus adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

SAN LINO, PAPA Y MÁRTIR. —23 de septiembre.

 


  Fué san Lino italiano de nación y natural de la ciudad de Volterra, que es en la provincia de Toscana; su padre se llamó Herculano, hombre noble y principal.

 


   Estando en Roma y oyendo predicar al apóstol san Pedro, le siguió y fué uno de los primeros discípulos que allí tuvo. Vio el sagrado apóstol grandes prendas de virtud, letras y prudencia en Lino, y se sirvió de él en la predicación y administración de los santos sacramentos; y después le hizo como su coadjutor y ministro para todas las cosas a que él no podía acudir, y todo lo preveía Lino con la dirección y autoridad de san Pedro, con mucha prudencia y solicitud. Después del martirio del glorioso apóstol san Pedro, le sucedió Lino en la cátedra pontifical, y la tuvo once años, dos meses y veintitrés días, y así fué el primer papa y vicario de Cristo, nuestro Señor, en la tierra, que inmediatamente sucedió a san Pedro. Tuvo órdenes dos veces y ordenó quince obispos y diez y ocho presbíteros. Mandó que las mujeres no entrasen en la iglesia con las cabezas descubiertas, como lo tenía mandado san Pedro y lo dejó escrito san Pablo. Escribió san Lino la historia de la contienda que tuvo san Pedro con Simón, mago; pero no se halla. Escribió también dos libros del martirio de san Pedro y san Pablo, que están en el séptimo tomo de la Biblioteca sanctorum; aunque al cardenal Baronio le parece que están depravados y sembrados de algunos errores, y no con la pureza y verdad que los escribió san Lino. La santidad de este glorioso sumo pontífice fué admirable, e ilustrada con muchos y grandes milagros que por él obró el Señor. Sanaba muchos enfermos, resucitaba los muertos, lanzaba los demonios de los cuerpos. Y habiendo una vez librado del demonio a una hija de Saturnino, cónsul, el desagradecido y malvado padre le mandó matar por la fe de Cristo, nuestro Señor, dando mal por bien y maleficio por beneficio. Su sagrado cuerpo fué enterrado en el Vaticano, junto a su padre, maestro y predecesor san Pedro; y fué su martirio a 23 de septiembre, en que la santa Iglesia celebra su fiesta, el año del Señor de 80, imperando Vespasiano. Hace mención de san Lino el apóstol san Pablo. Escriben de él los martirologios romanos, el de Usuardo y de Adón, y el libro de los Romanos pontífices que anda en nombre de Dámaso, y los demás que escriben las vidas de los sumos pontífices.






 AÑO CRISTIANO

 

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

 

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

lunes, 7 de septiembre de 2026

SANTA REINA, O REGINA, VIRGEN Y MÁRTIR. —7 de septiembre.

 



   La bendita Reina fué natural de la ciudad de Alesia, sita en la parte septentrional de Germania; su padre fué gentil y se llamó Clemente. Siendo de edad de quince años creyó en Cristo sin que su padre lo supiese, y bien instruida en la fe católica se bautizó y ofreció a Dios su virginidad y pureza.

 



   Era tan hermosa (esmalte que divinamente sale sobre el oro de la virtud) que, pasando acaso por Alesia Olibrio, prefecto, y viéndola, se enamoró de ella. 




   La hizo venir a su presencia, y sabiendo de ella misma que era cristiana la mandó poner en la cárcel, advirtiéndola que él iba a un viaje y que si al volver de él no había mudado de religión experimentaría su rigor. Volvió de su viaje, y habiendo sacrificado a sus falsos dioses hizo sacar de la cárcel a la santa virgen Reina. La mandó sacrificar, y hallándola firme y constante en la fe que había prometido a su esposo Jesús la hizo suspender en el ecúleo, después herir por mucho tiempo con varas de hierro, y atormentar y rasgar sus delicadas carnes con uñas de acero. Tan cruel fué este martirio y tan horrendamente fué herida y despedazada la santa virgen, que el mismo Olibrio y todos los demás circunstantes cubrían sus rostros de horror por no ver tan lastimoso espectáculo y tanto rigor. Los arroyos de sangre que corrían no parece posible que de tan tierno y delicado cuerpo manasen. Pero viéndola constante siempre, el cruel Olibrio la mandó descolgar del ecúleo y volver a la cárcel.

 



   Puesta segunda vez en la cárcel, fué admirablemente consolada por su divino Esposo, el cual le envió una cruz de oro de maravillosa hermosura, sobre la cual tremolaba una hermosísima paloma, que sin duda era el Espíritu Santo, que bajó a consolarla y sanarla de sus heridas, y animarla para el fin de la pelea. 




       Llegaba la cruz de la tierra al cielo, y la paloma volaba sobre la cabeza de la bendita Reina, como halagándola, acariciándola y consolándola, junto con animarla a la corona del martirio que le esperaba. Pasados dos días fué sacada segunda vez de la cárcel, y puesta a la presencia de Olibrio la mandó otra vez poner en el ecúleo, y que debajo encendiesen una grande hoguera que la abrasase; y cuando ya el fuego había hecho su oficio, la mandó descolgar, y que, atada de pies y manos, como inocente cordera, la metiesen dentro de un baño de agua muy fría para que con la contrariedad de los tormentos padeciese más crudamente; y al entrarla en el baño hubo un horrible terremoto, y aquella hermosa paloma que en la cárcel la había consolado bajó sobre ella, y desatándola todas las prisiones la dejó libre y sana, y puso una corona de oro y piedras de inestimable valor sobre su hermosa cabeza, y bajó una voz del cielo que la convidaba al reino que tan valerosamente había ganado. Este prodigio fué tan patente a todos los que habían concurrido a ver el espectáculo, que se convirtieron a la fe de Jesucristo ochocientos cincuenta gentiles. Con esto se encendió más en furor diabólico el presidente, y la hizo degollar, con que acabó gloriosamente su triunfo; y para mayor gloria suya permitió su amado esposo Jesús que toda la ciudad concurriese y viese su bendita alma ir gloriosa al cielo en manos de los santos ángeles, que envidiosos de su triunfo se la presentaron gozosos a su Criador. 



Fué sepultado su glorioso cuerpo por los cristianos en la misma ciudad de Alesia, donde resplandece en milagros. Fué su glorioso martirio el 7 de septiembre (día en que la Iglesia celebra su fiesta), por los años del Señor de 214. Escribieron su vida y martirio Beda, Usuardo, Adón, Mombricio, tom. II. Vit. Sanct.; Pedro de Natalibus In cathalog. sanct., lib. VIII, cap. 47; el Martirologio romano, y Baronio en sus Anotaciones.

    



LA

LEYENDA DE ORO (1896)

lunes, 24 de agosto de 2026

SAN BARTOLOME, apóstol. — 24 de agosto.

 


   El gloriosísimo apóstol y fortísimo mártir de Cristo san Bartolomé, fué natural de Galilea, hijo de Tolmai, y de oficio pescador como su padre, según dice el historiador Josefo. 

   Luego que fué llamado por Jesucristo, lo dejó todo para siempre; y así fué testigo de casi todas sus palabras, obras y prodigios.







   Después de la pasión y muerte de Cristo vio muchas veces al Señor vivo y resucitado, y fue testigo ocular de su gloriosa Ascensión a los cielos. 

   Y a los cincuenta días de la Resurrección, habiendo recibido el Espíritu Santo y el don de lenguas, al tiempo que los apóstoles dividieron entre sí las provincias del mundo para predicar el Evangelio, cupo a san Bartolomé la misión de Licaonia, de Albania, de las Indias orientales y de Armenia. 

    Se llevó consigo el libro del Evangelio, escrito por san Mateo en lengua hebrea, y como dice san Crisóstomo, por todas partes donde esparcía las primeras semillas de la fe, eran tan colmados los frutos, que los gentiles se asombraban de la rara mudanza de costumbres, y de la pureza, templanza y virtud de los pueblos que se convertían. 

   De la Licaonia pasó a la India citerior, como lo escriben Orígenes, Eusebio y san Jerónimo; y añade san Panteno que más tarde se halló en aquella región una copia del Evangelio hebreo que llevaba consigo el santo apóstol. 



SAN BARTOLOME, apóstol. 



   De allí vino a la mayor Armenia, y a la ciudad, que era cabeza de aquel reino, donde había un templo del famoso ídolo llamado Astarot, en el cual el demonio con sus embustes daba oráculos y prometía la salud a los que le sacrificaban; mas habiendo el santo entrado en aquel templo, el ídolo enmudeció, causando esto grande asombro a aquella miserable gente. 

   Acudieron para saber la causa de aquel extraño silencio a otro ídolo llamado Berit, el cual respondió que la causa no era otra que la presencia de un hombre de Dios llamado Bartolomé, a quien el espíritu del oráculo había visto cercado de muchedumbre de espíritus celestiales, muy poderosos. 

   En esta sazón el santo apóstol hizo pedazos el ídolo y lanzó el maligno espíritu que afligía sobremanera a una hija del rey armenio llamado Polemón, el cual abrazó la fe de Cristo y se bautizó con toda su corte y familia. 

   Quisieron vengarse los sacerdotes de los ídolos, y acudieron a un hermano de aquel rey, que se llamaba Astiages, y tenía su estado en otra parte de Armenia, persuadiéndole que si no daba muerte a Bartolomé vería la ruina del culto de sus dioses, y también la de su casa, familia y reino. 





   Mandó pues Astiages, con falso pretexto de convertirse, llamar al santo apóstol, que deseaba ya terminar su carrera y unirse con Cristo; y cuando lo hubo en su poder el bárbaro tirano, ordenó que le hiriesen con varillas de hierro, que le desollasen vivo, y finalmente le cortasen la cabeza.





   Reflexión: Cuando los fieles visitan en Roma la iglesia de san Bartolomé y contemplan junto al sepulcro del santo que está debajo del altar mayor, una estatua preciosa que lo representa muy al vivo y tal como quedó después del suplicio, llenan sus almas de compasión y sus ojos de lágrimas. 






   Mas ¿qué fuera ver el mismo cuerpo del santo tan sangriento y desollado por amor de Cristo? ¿Quién no reconociera en aquella llaga de todo su cuerpo un sello auténtico y testimonio irrecusable de la verdad evangélica que predicaba el santo apóstol?





   Oración: Todopoderoso y sempiterno Dios que nos llenas de espiritual alegría con la fiesta de tu bienaventurado apóstol san Bartolomé; concede a tu Iglesia la gracia de amar con grande estima la verdad de la fe que creyó, y de ensalzar lo que enseñó. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA.