martes, 11 de octubre de 2022

LOS SANTOS TARACO, PROBO, Y ANDRÓNICO, MÁRTIRES. —11 de octubre.

 



San Taraco fue romano, es decir, gozaba derechos y privilegios de ciudadano romano. Nació en Claudiópolí de Isauria, y fue hijo de un militar. Era de setenta y cinco años de edad, y había servido en los ejércitos de los emperadores con el nombre de Víctor; pero haciéndose cristiano, dejó el servicio, pidiendo licencia a su capitán que se llamaba Polibion.

 




   Probo, de menos edad que Taraco, aunque era originario dé la provincia de Tracia, nació en la de Panfilia, y sin embargo de ser de familia humilde y plebeya, era hombre rico; pero todo lo dejó por dedicarse únicamente al servicio de Dios.

 



   Andrónico fue de nacimiento más ilustre; le debió a una de las casas más calificadas de la ciudad de Éfeso; era joven, bien dispuesto y de mucho espíritu.

 




   No se sabe por qué casualidad o aventura los juntó a todos tres la divina Providencia; solo se sabe que por los años 304, poco después que se publicaron los edictos de los emperadores Diocleciano y Maximiano contra los cristianos, dos archeros o dos alguaciles, llamados Eutolmio y Paladio, presentaron a Máximo, gobernador de Cilicia, aquellos tres extranjeros por haber confesado desde luego que eran cristianos. El Gobernador dio principio a su interrogatorio por el más viejo, y le preguntó cómo se llamaba. Me llamó cristiano, respondió Taraco. —Impío, replicó Máximo, no te pregunto tu profesión, sino tu nombre. — Mi nombre es cristiano, porque lo soy, repuso Taraco. Irritado el Gobernador, mandó descargar cruelmente bofetadas sobre su venerable rostro, no cesando de exhortarle a que tuviese lástima de su ancianidad, y tratase de rendir culto a los dioses a quienes adoraban, los Emperadores. —Y porque los Emperadores quieren adorar a los demonios, —respondió Taraco—, ¿tengo de adorarlos yo? No hay en el cielo ni en la tierra más que un solo Dios: a este adoro; a su santa ley me rindo, la guardo y la obedezco Infeliz y miserable,replicó Máximo—, ¿hay otra ley que la del príncipe? —¡cómo que la hay! —respondió el santo Mártir, —la ley de Dios que condena vuestra impiedad. —Despójenle de los vestidos, dijo colérico el tirano, despedácenle el cuerpo a azotes para ver si sana de su locura. —La mayor prueba del juicio y de la cordura de los Cristianos, —respondió Taraco, es sufrir todos los tormentos y la misma muerte por amor de Dios y de su único Hijo Jesucristo. —Luego tú adoras dos dioses, —le arguyó Máximo; y si adoras dos, ¿qué razón tendrás para no adorar a los nuestros? No lo permita Dios, respondió el Santo; a uno solo adoro cuando adoro al Hijo, que es en todo igual y consustancial a su Padre. Para conocer este misterio es menester ser cristiano; sin fe ni se puede discurrir, ni se puede hablar de Dios como se debe. Indignado el juez con tan animosas como desengañadas respuestas, mandó que le cargasen de cadenas, y le encerrasen en un calabozo.

 

   Mandó después que se presentase Probo, y en tono colérico le dijo: ¿Serás tú tan mentecato como tu compañero, que quieras preferir la muerte al amor del Soberano? ¿Cómo te llamas? —El nombre con que me honro mas es el de cristiano, —respondió el generoso Confesor de Jesucristo; ¿para qué quieres saber otro? El de Probo que los hombres me impusieron nada significa. Por lo demás te diré, con tu licencia, que no hay mayor juicio ni mayor discreción que conocer, amar y servir a un solo Dios verdadero, como ni más lastimosa locura, ni más insigne mentecatez que adorar por dioses a unos inanimados ídolos, obras sin espíritu que fabricaron las manos de los hombres. La única respuesta del tirano fue mandar que le tendiesen sobre el potro, y que le despedazasen a azotes con nervios de bueyes; crueldad que se ejecutó con tanta violencia, que todo el pavimento quedó cubierto de sangre. —Tus ministros, — dijo el Santo con semblante apacible y siempre sereno, —tus ministros hacen conmigo oficio de médicos, los cuales saja para curar; muy agradecido les estoy por la exactitud y por el ardor con que obedecen lo que les mandas. Rabioso Máximo por la serenidad que mostraba el santo Mártir, le dijo como por mofa: —Lástima es que no esté aquí presente Dios para que te cure tus llagas y te dé algún refrigerio. — Presente y muy presente está, —respondió Probo, de que es buena prueba no solo la paciencia, sino el consuelo con que sufro mis dolores. Este mi Dios es el que me fortalece, el que me consuela, el que me asiste actualmente, y el que también me asistirá, si fuere su voluntad, hasta el último aliento de mi vida. El Urano, reventando de cólera y de despecho, mandó que le quitasen del potro, que le cargasen de cadenas, que le encerrasen en el calabozo, y que le metiesen en el cepo hasta las troneras y los agujeros del cuarto orden; especie de tormento verdaderamente horrible.

 




   Demetrio, capitán de una compañía de soldados que estaba de guarnición en la ciudad, le presentó a Andrónico, el tercero de los santos Mártires, el más joven de todos, pero no menos esforzado ni menos ansioso del martirio que sus dos compañeros. Luego que Máximo le vio, se sintió inclinado a amarle, y movido de compasión, dio principio al interrogatorio en la fórmula ordinaria, preguntándole blanda y cariñosamente su nombre, su calidad y el lugar de su nacimiento.

   —Mi nombre es Andrónico—, respondió el generoso mancebo, —mi patria Éfeso, y mi calidad muy conocida en aquel numeroso pueblo; pero el verdadero nombre, la verdadera calidad y la verdadera nobleza de que únicamente me precio es de ser cristiano. — Ya veo, querido mío, replicó el Gobernador—, que esos dos insignes embusteros que acabo de castigar trastornaron tu buen juicio con sus hechizos y con sus encantos; pero, hijo, no puedo creer que un joven de tan bello entendimiento como tú se quiera exponer a sangre fría y por su gusto a los más crueles tormentos y a una muerte ignominiosa. —Si tengo este bello entendimiento como supones, —respondió Andrónico, —y si no he perdido el buen juicio que me atribuyes, debo despreciar esos tormentos, y aun esa ignominiosa muerte, que dura pocos instantes, por no incurrir en la muerte y en los tormentos eternos, destinados a los idólatras y a los enemigos del nombre cristiano. No esperaba Máximo esta respuesta; pero, aunque interiormente se irritó con ella, disimulando su enojo, le dijo con blandura: Perdono a tu inconsiderada juventud una respuesta tan extravagante; pero, hijo, dejémonos de palabras, es menester sacrificaren este mismo punto a los dioses de los Emperadores, que fueron también los dioses de nuestros abuelos; porque no se ha de decir en mis días (aquí levantó la voz en tono bronco, sañudo y enfurecido), no se ha de decir en mis días que una desdichada secta de miserables cristianos se nos vengan delante de nuestros mismos ojos a menospreciar los dioses del imperio, y a pretender que mudemos de religión. —Joven soy, respondió el Santo —modesta y respetuosamente, joven soy, es verdad; pero tengo la dicha de ser cristiano, y la fe suple la falta de los años. Si tú conocieras como yo la impiedad del paganismo, la imposibilidad de muchos dioses, la verdad, la sabiduría y la santidad de la religión cristiana, lejos de exhortarme a rendir adoraciones a unos dioses sin otro ser que el que les fingió la fábula, Máximo, tú mismo te harías luego cristiano. Se convirtió en furor la ternura del tirano, y mandó que, despojándole al punto de sus vestidos, le colgasen de la garrucha. Compadecido el capitán Demetrio, le quiso exhortar a que se aprovechase de la inclinación que el Gobernador le profesaba; pero Andrónico se burló de sus exhortaciones. Hallábase presente cierto alcaide de una de las cárceles, llamado Atanasio, y movido también de lástima, se empeñó en persuadirle a que sacrificase, valiéndose de las razones más fuertes y más tiernas que le pudo inspirar la compasión. Créeme, querido mío, —le decía, —obedece al Gobernador, y no te obstines en perderte; sigue mi consejo, pues ya ves que por los años pudiera ser tu padre.

   —No porque seas más viejo eres más cuerdo, —respondió Andrónico, —pues me aconsejas que ofrezca sacrificios a los troncos y a las piedras en menosprecio del verdadero Dios, mi Criador, mi soberano Juez, y que también lo ha de ser tuyo. No se atrevió Atanasio a replicarle; pero el Gobernador mandó a los verdugos que le atormentasen cruelmente en las piernas, donde siempre es más vivo el dolor. Con efecto, le sintió vivamente el santo Mártir, y tanto, que no pudiendo disimular, protesto que, aunque era grande el dolor que padecía, le toleraba con gusto por la confianza que tenía en la misericordia y en la bondad del Señor. Créeme, hijo mío—, le dijo el Gobernador por última señal de compasión; —déjale de ese capricho, adora desde luego los dioses que adoran los Emperadores, y yo te prometo que muy en breve experimentarás los efectos de su benevolencia y de su favor. —Respeto como debo, a los Emperadores, —respondió Andrónico; —pero detesto y detestaré siempre su falsa religión, pues les enseña a adorar a los demonios y a ofrecerles sacrificios. Se mostró Máximo extrañamente irritado con esta última respuesta de nuestro Santo, y mandó a los verdugos que le surcasen los costados con uñas o con garfios de acero; que le echasen sal en las llagas, y que después se las frotasen con cascotes de hierro viejo, amenazándole que cada día le haría padecer nuevos tormentos. Mostró entonces Andrónico más valor y más constancia que nunca, protestando que lejos de acobardarle los tormentos, le alentaban y le fortalecían más y más; y que teniendo colocada toda su confianza en solo Dios, con igual desprecio trataba sus amenazas que sus suplicios. Era ya todo su cuerpo una sola llaga; y en este estado mandó el juez que le echasen una gruesa cadena al pescuezo y a los pies, y que le encerrasen en un oscuro calabozo, con orden expresa de que ninguno entrase a verle ni a curarle, para que enconadas y encanceradas las llagas se viniese a podrir vivo.

 




   Pasó Máximo de la ciudad de Tarso a la de Mopsuestia, adonde mandó le siguiesen los tres ilustres prisioneros con resolución de tentarlos en otro segundo interrogatorio, y no sin esperanza de que el tiempo los habría hecho más dóciles, y los hallaría menos constantes. Fue presentado el primero san Taraco, a quien le dijo el Gobernador, que habiéndole dado aquel tiempo para que pensase mejor lo que le tenía cuenta, no dudaba encontrarle ahora más arrimado a la razón que en la primera audiencia. —Acuérdate que soy cristiano, —le respondió Taraco, —y los Cristianos cuanto más lo piensan más cristianos son, más firmes se mantienen, y con mayor intrepidez desprecian los suplicios. Mandó el tirano que le hiciesen pedazos los dientes y las mandíbulas a crueles golpes de una dura piedra, y que tendido en el potro le despedazasen a azotes. —Haz de mi cuerpo lo que quisieres, —dijo el santo Mártir mientras duró este suplicio. —Dios es mi fortaleza, y en él espero burlarme de tus tormentos. Le abrasaron las manos sin que se observase en él ni el más leve movimiento de impaciencia. Le colgaron pies arriba y cabeza abajo, cayendo esta perpendicularmente sobre un humo tan espeso como hediondo. —Si me burlé de tu fuego, —dijo entonces Taraco al Gobernador, —¿qué caso he de hacer de tu humo? Derramaron sal y vinagre sobre sus llagas; y cansando ya a Máximo la heroica constancia del invicto Mártir, mandó que le restituyesen a la cárcel, diciéndole que le quedaba preparando nuevos y más atroces suplicios.

 

   Se presentó Probo a la segunda audiencia con mayor despejo y aun con mayor resolución en sus respuestas que había salido a la primera. Le aplicaron planchas de hierro ardiendo a todo el cuerpo, y sin embargo de que tenía ya tostada toda la piel, dijo que no era cosa lo que calentaba. Despedazaron sus carnes hasta que se descubrieron los huesos: cansó el generoso Mártir a los verdugos, y dijo al juez, que si no tenía más tormentos que aquellos, era poquita cosa para derribar la constancia de los Cristianos; y que si quería experimentar hasta dónde llegaba el poder de Dios que estos adoraban, era menester que inventase nuevos suplicios. Reventaba Máximo de cólera ni ver la burla que hacían los santos Mártires tanto de sus dioses como de sus tormentos; y no sabiendo ya de qué tormento echar mano, ordenó que le rasasen el pelo a navaja, y le echasen carbones encendidos sobre la cabeza; suplicio que no alteró un punto la paciencia ni la serenidad de Probo, y con esto le restituyeron a la cárcel.

 




   Salió al tribunal Andrónico, y el juez le quiso persuadir que ya en fin sus compañeros se hablan reducido a sacrificar a los dioses, y que ahora solo atendía a curarles las heridas. Se sonrió el Santo, y le respondió: Pues las mías ya están curadas; y así no tengo necesidad de ofrecerles sacrificio. Aquí me tienes pronto a sufrir nuevos tormentos por amor de aquel Señor que me curó, y por cuya gloria combatieron generosamente mis amados compañeros. Quedó Máximo extrañamente sorprendido cuando le vio del todo sano, jurándole el carcelero que ningún hombre mortal había llegado a él; y pareciéndole preciso al  Santo publicar el verdadero autor de aquella maravilla, le dijo: —No te admires, señor, de verme sano y robusto; esta ha sido obra de mi Dios, aquel médico celestial y todopoderoso que con sola su palabra nos cura de todos los males cuando es su voluntad. No se detuvo el Gobernador en profundizar más la materia, y dijo al Santo que á Táraco y Probo les había salido cara la terquedad en negar el culto a los dioses inmortales, y la debida obediencia a los Emperadores, y que esperaba que Andrónico sería más cuerdo, escarmentando encabeza ajena; y concluyó: Ello de grado o fuerza es preciso obedecer; y si lo hicieres de tu buena gracia, te ahorrarás muchos tormentos. —En tus manos me tienes, —respondió el Santo, —como víctima dispuesta a ser sacrificada en holocausto del Dios vivo; acaba el sacrificio cuando le padeciere. Ya no guardó medidas el tirano a vista de la magnanimidad del santo Mártir. Mandó que le amarrasen a cuatro palos o estacas, y que en esta postura, entre colgado y tendido, despedazasen su cuerpo con crueles azotes de nervios duros de buey y de ramales armados con unas bolas de plomo. Se mostró Andrónico con inalterable tranquilidad; y cansado Máximo de atormentarle, ordenó que le restituyesen a la cárcel, y le encerrasen en el más profundo calabozo, sin que a nadie se le permitiese hablarle ni verle.

   De Mopsuestia se transfirió el Gobernador a Anazarbo, adonde mandó que le siguiesen también los santos prisioneros, y cuando llegó el día de la audiencia pública los hizo comparecer. Preguntó a Taraco si se mantenía tan fiero y tan indiferente en Anazarbo, como lo había estado en Tarso y en Mopsuestia. —Los Cristianos, —le respondió el Santo, no conocemos la fiereza; mas por lo que toca a la indiferencia, te equivocas mucho: lejos de mirar yo con ella los tormentos, ninguna cosa deseo con mayor ansia que padecer muchos por el amor de Dios y por la gloria de su nombre. — Ya te entiendo, —replicó el tirano, sin duda querrías tú que te mandase cortar la cabeza. —Nada menos, respondió Táraco, —todo lo contrario; antes bien me darás el mayor gusto en prolongar el combate para que sea más gloriosa la corona. —Serás servido, repuso Máximo, —porque no creas que te he de condenar a morir de golpe; irás muriendo a pausas y por partes, de modo que regalaré a las fieras con lo poco que quedare de tu cuerpo. Sin duda esperarás que después de muerto vendrán más buenas mujeres y le embalsamarán; pero yo daré providencia. — Vivo y muerto, —replicó el Santo, podrás hacer de él lo que quisieres; ese es negocio que me da muy poca pena. Mandó el tirano que le corlasen los labios y le sajasen la cara; hecho esto, que con una navaja le levantasen el pellejo de la cabeza, y que debajo le echasen carbones encendidos; que después le aplicasen una barra de hierro ardiendo debajo de los sobacos, y le metiesen otra igualmente penetrada de fuego por el estómago; sin que, en toda esta bárbara carnicería, que causaba horror a todos los circunstantes, se le escapase al santo Mártir ni el más leve indeliberado movimiento de impaciencia.

 

   Entraron también los santos Probo y Andrónico al tercer interrogatorio, y poco más o menos sufrieron los mismos tormentos, triunfando en ellos la fe con nueva intrepidez y con nueva generosa constancia. Hizo el tirano colgar a san Probo pies arriba y cabeza abajo; mandó aplicarles a los costados barras de hierro ardiendo, y taladrarle manos y pies con agujas encendidas, rindiendo el santo Mártir mil gracias al Señor porque aquellas sangrientas llagas le traían a la memoria las que Jesucristo había padecido por él. No fue atormentado Andrónico con inferior crueldad; y porque en todos los tormentos no cesaba de bendecir al Señor, mandó Máximo que le taraceasen los labios, que le arrancasen los dientes, y que le cortasen la lengua. Dio después orden de que así los dientes como la lengua fuesen arrojados en el fuego hasta que se hiciesen ceniza, y que esta ceniza se esparciese por el viento, para que no vengan después los supersticiosos Cristianos, añadió, a recoger estos infames despojos para conservarlos después como preciosas reliquias. Tan común era ya entonces la persuasión de que los fieles veneraban a los santos Mártires, honrando con devoto respeto todo cuanto les había pertenecido.

 




   Al salir de la audiencia mandó el Gobernador publicar que el día siguiente había combate de fieras y de gladiadores, cuya voz atrajo el gentío de todo el contorno. Como los santos Mártires no se podían mover por sí mismos, fueron conducidos en hombros ajenos y colocados en medio del circo. Luego que entró Máximo en el anfiteatro, mandó que soltasen de una vez muchas fieras contra ellos, pero ni una sola los tocó. Bramando de rabia y de furor el tirano, dio orden de que les echasen las más feroces y las más hambrientas. Abrieron la jaula a una ferocísima osa, que salió al circo respirando saña, y parecía que iba a hacerlos pedazos a todos; pero cuando estuvo a distancia de dos pasos de los Mártires, se paró de repente, dio dos o tres vueltas alrededor de ellos bajando como por respeto la cabeza, se encaminó a donde estaba Andrónico, y echándose a sus pies, comenzó a lamerle blandamente las heridas. Resonaron en todo el anfiteatro estruendosos gritos de aplauso y de admiración; tanto, que no pudiendo Máximo disimular ni su confusión ni su enojo, mandó que matasen a la fiera a los pies del mismo Santo. Salió, en fin, una leona, que con sus espantosos rugidos llenó de miedo y de terror á todos los circunstantes; les pareció a todos que veían ya el instante en que los Mártires iban a ser sangriento y menudo destrozo de sus garras; pero quedaron atónitos y embargada la voz con el asombro cuando vieron que la fiera, olvidada de su ferocidad y de su hambre, después de pararse un rato a mirar a los tres campeones con apacibilidad y con sosiego, se fué a postrar blandamente a los pies de san Táraco, bajando la cabeza como en señal de lo mucho que le respetaba. Ya no pudo el circo reprimir los alaridos en que le hizo prorrumpir la admiración de aquel prodigio; pero el tirano, más fiero que la fiera misma, la mandó irritar para que entrase en furor. Lo consiguió, pero fue para hacer pedazos a los que la irritaban: lo que, visto por el Gobernador, dio orden para que prontamente la encerrasen en la jaula; y recelando algún motín popular, ordenó a los gladiadores que matasen a los Santos; los cuales, levantando los ojos al cielo, y suplicando al Señor se dignase aceptar el sacrificio de su vida, consumaron por la espada su glorioso martirio el día 11 de octubre.

 

   Se retiró Máximo, dejando un cuerpo de guardia de diez soldados para que los Cristianos no se apoderasen de los santos cuerpos; pero estos, que habían sido testigos de todo desde el lugar donde estaban escondidos, pidieron fervorosamente al Señor les facilitase medio para lograr la posesión de aquellas santas reliquias, inmediatamente fue oída su oración; porque en el mismo punto se levantó una horrible tempestad, acompañada de un furioso terremoto, que puso a los guardas en precipitada fuga. Pero como era de noche, y muy de intento habían dejado mezclados y confundidos los cuerpos de los tres Mártires entre los gladiadores y gentiles que fueron despedazados, se hallaron los fieles con este nuevo embarazo, y para salir de él recurrieron segunda vez a la oración. Fue tan eficaz como la primera; porque de repente vieron desprenderse del cielo un brillante globo de luz en figura de estrella, que sucesivamente se fué colocando, y como descansando sobre ¡los tres santos cuerpos! dé lo que dan testimonio los mismos Cristianos en las actas que inmediatamente dispusieron; y guiados de la misma luz, los condujeron a un monte, donde los enterraron en la concavidad de un peñasco, oportunamente abierto para servirles de sepultura, y cerraron bien la entrada, muy persuadidos de las diligencias y pesquisas que haría el Gobernador para descubrir los santos cuerpos. Con efecto, por tres días enteros los hizo buscar con exquisitas diligencias, y condenó a muerte a los guardias por haberlos dejado robar. Luego que el tirano se ausentó comenzaron los Cristianos a tributar pública veneración a su memoria; y fue tanta su destreza, que lograron sacar de la secretaría del Gobierno los autos originales de sus tres interrogatorios, a los que añadieron todo lo sucedido después del último, y estas actas las comunicaron a los cristianos de Iconia, de Pisidia, de Panfilia, y a toda la Iglesia de Oriente




AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.


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